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El ambiente histórico del siglo I y su relación con la Sábana Santa

Por Rebecca S. Jackson, Turin Shroud Center of Colorado

Introducción

Si el Manto es el vestido fúnebre de Cristo, debió haber sido confeccionado en el contexto de Palestina durante el siglo I, contexto en el que Cristo nació y al cual volvió. Siendo mi especialidad la influencia de las leyes y costumbres judías en los esquemas del comercio de la diáspora judía del primer siglo, me centraré, por tanto, primero en este aspecto. Teniendo en cuenta que mucho del comercio de este tiempo se concentró en la importación y exportación de textiles, este hecho nos pondrá en relación directa con el Manto de Turín, que considero un producto de la cultura judía del siglo I.

La diáspora judía del siglo I: el telón de fondo

Durante el siglo I, el pueblo judío se encontraba en estado de diáspora. Siempre hubo judíos en Egipto. En el tiempo de Cristo, por ejemplo, fue refugio para miles de judíos, incluyendo a la Sagrada Familia: Jesús, María y José. Durante el primer siglo, aproximadamente una de cada ocho personas residentes en Egipto era de ascendencia judía, y el 60% de los habitantes de Alejandría era de raza judía[1]. Los judíos de esta metrópolis se desempeñaban activamente en el comercio, la navegación, la artesanía, la agricultura, la política, así como en el ejército, y Alejandría presumía de su firme estructura religiosa judicial, que era tan estricta como la de la Jerusalén farisea. Había por lo demás mucha interacción entre los judíos de Egipto y la Judea del primer siglo, y los judíos extranjeros peregrinaban a menudo a Jerusalén[2].

En la época de Cristo, dos tercios de los aproximadamente ocho millones de judíos del mundo antiguo vivían fuera de Judea[3]. Alejandría y Roma eran entonces por lejos las ciudades de la diáspora con mayor población judía, aunque también había comunidades en el hemisferio oriental: desde España, por todo el corredor mediterráneo, hasta Anatolia, Armenia, Babilonia, India, Persia, llegando incluso hasta China. Los judíos comerciaban con sus hermanos judíos, y sólo con ellos. Existe una razón para este comportamiento comercial xenofóbico[4].

El desaparecido Alfred Edersheim, en su libro Esbozos de la vida social judía en los días de Cristo, señala los legalismos inherentes al comercio judío que invariablemente los forzaban a negociar al interior de las comunidades comerciales judías de la diáspora, dado que ellos eran los únicos que tenían familiaridad con las intrincaciones de la ley de su pueblo: «En cuanto a las leyes que regulan el intercambio y el comercio, eran minuciosas. La ley intervenía hasta el punto de indicar al comerciante mayorista que debía limpiar las medidas que usaba cada mes, y el minorista, dos veces a la semana»[5].

Es importante tener en cuenta que en la ley judía, sha’atnez, la combinación ilegal de lino y lana en una misma prenda o tela era una prescripción que desde los tiempos de Moisés no admitía relajamiento alguno. Durante el siglo I, la prohibición contra el uso de materiales mixtos aún tenía vigencia[6]. Cuando un judío compraba una tela que iba a ser usada para vestimenta, sea en Jerusalén o en Nazaret, en Antioquía o en Bombay, en Roma o en Chipre, en Alejandría o en Trípoli, en Fayoum en el Alto Egipto o en China (donde había una comunidad israelita importante que descendía de un grupo que huyó de la opresión babilónica), tenía la obligación de confirmar que la tela en cuestión no estuviera compuesta con una mezcla ilegal de materiales. Todas las restricciones en la interacción comercial que se aplicaban a los judíos en su trato con los gentiles —las mismas que existían desde la época de Moisés— eran aplicadas en la época de Jesús, como hemos señalado anteriormente[7]. Creo que había una red de comercio textil informal, con las mismas características, entre las comunidades judías de la diáspora afro-euroasiática y sus hermanos judíos en el Israel del siglo I, una red que aseguraba la kashrut o legalidad de las telas que estaban en circulación entre los judíos de ese tiempo.

Henri Daniel-Rops confirma lo siguiente: «La extensión de las colonias judías en la diáspora les proporcionaba agentes de su propia nación en todas las regiones: Babilonia, Damasco, Alejandría, Éfeso, y luego en Roma. Su comercio se realizaba con los de su propia sangre»[8].

Costumbres funerarias judías del siglo I

No hay mucha información sobre las costumbres funerarias judías del primer siglo en Israel o en la diáspora judía. Incluso la Enciclopedia Judaica reconoce que la mayoría de lo que se sabe sobre estas costumbres deriva de los relatos del Evangelio[9]. Para comprender mejor las leyes y costumbres funerarias judías en la época de Cristo quizá se pueda investigar la cultura y la sociedad judía de la diáspora en el siglo I.

Prácticas funerarias judías: entonces y ahora

Tanto en nuestro tiempo como en la época de Jesús, los entierros judíos se realizan antes de que transcurran veinticuatro horas tras la muerte de la persona[10]. En el caso de Jesús, el entierro tuvo que hacerse antes de la puesta del sol, siguiendo una ordenanza que era observada estrictamente en Jerusalén. El difunto rabí Chaim Binyamin Goldberg enfatiza la obligación legal judía de enterrar a los muertos el mismo día del fallecimiento: «En Jerusalén está prohibido —opina—, sin excepción alguna, dejar que el cuerpo del difunto pase la noche sin ser enterrado»[11]. El relato del Evangelio refleja esta ordenanza.

La manera en que el Hombre de la Sábana fue sepultado —si es que éste es el manto fúnebre de Jesús— corresponde a las tradiciones funerarias judías del siglo I: las del Mishná, Talmud e incluso las post-talmúdicas hasta nuestros días. Alfred Edersheim investigó mucho al respecto. En sus Notas acerca de la vida social judía, obra que viene ganando popularidad y reputación póstumamente en Estados Unidos y en todo el mundo[12], describió los entierros judíos de la época de Cristo: «El entierro se realizaba lo más pronto posible tras la muerte, indudablemente, en parte, por razones sanitarias»[13].

La cronología de los últimos días de Jesús confirma la abundante información sobre leyes y tradiciones judías del siglo I[14]. La mayoría de estas leyes rigen aún hoy, y la comunidad judía ortodoxa se adhiere estrictamente a ellas.

El apuro por enterrar el cuerpo de los difuntos es innato a la mentalidad judía, y aunque existen vacíos legales que permiten la llegada de parientes cercanos al lugar del entierro, el arraigado instinto de los judíos tradicionales —y también de los no-tradicionales— es sepultar rápidamente, casi en un estado de paranoia, y así reducir la posibilidad de confiscación y mutilación del cadáver.

Sha’atnez

Quizá el aspecto más importante de la cultura judía del siglo I relacionado con la Sábana Santa sea el ya mencionado concepto de sha’atnez. Gilbert Raes, un químico textil belga, realizó estudios en la Sábana y descubrió que la composición de la tela era de lino con trazas de algodón. El algodón es una fibra más suave que el lino, y a menudo se añadía a éste como un suavizante[15]. El Manto, por tanto, no parece contener sha’atnez, y es, en consecuencia, una tela totalmente legal. El historiador francés Henri Daniel-Rops notó que las ordenanzas judías respecto de la composición de las telas estaban muy vigentes en la época de Jesús: «La ley prohibía usar una tela hecha de dos materiales distintos, por ejemplo, una mezcla de lana y lino. La mayoría de prendas de lana venían de Judea. Galilea producía principalmente lino y linaza desde tiempos inmemoriales. El lino más fino se llamaba biso… y era mucho más requerido que el que se importaba de Egipto, que tenía reputación de ser áspero»[16].

La prohibición contra el sha’atnez ha continuado vigente durante toda la historia judía, desde su implementación en el proceso del éxodo, a través del siglo I, hasta el día de hoy[17]. Los vacíos legales en su regulación que se desarrollaron durante la época de los comentarios de la Mishná no ocurrieron hasta varios siglos después de la muerte y sepultura de Jesús. Pero incluso si estas cláusulas de escape hubiesen existido en esa época, los discípulos, que estaban bajo la presión del Sanedrín por su asociación a Jesús, no habrían querido acentuar la tensión ya existente con el uso de una tela bajo sha’atnez. Lo más seguro para cualquier involucrado era que Jesús, aun cuando había sido ejecutado por traición religiosa, fuera enterrado, como lo fue probablemente, en un manto que no tuviera problemas respecto del sha’atnez y siguiendo las costumbres fúnebres judías (ver Lc 19,40).

El proceso de tahara: las cuatro condiciones para la descalificación

Los escépticos, al notar las manchas de sangre en el Manto de Turín, a menudo formulan una pregunta que parece apropiada: si la Sábana fuera realmente el manto fúnebre de Jesús, ¿por qué no lavaron su cuerpo antes de enterrarlo? Las manchas de sangre impregnadas en el Manto indican efectivamente que el cuerpo del Hombre de la Sábana no fue lavado, un hecho que sigue plenamente lo establecido por la ley judía de entonces o halachah. Según el halachah, un hombre o mujer judía no podía pasar por el ritual de purificación previo a su entierro, conocido como tahara, si se encontraba en alguna de estas condiciones[18]:

  1. Si fue víctima de una muerte violenta y/o derramó sangre en vida[19] y siguió derramándola tras su muerte.
  2. Si recibió la pena capital por un crimen de naturaleza religiosa.
  3. Si el difunto había sido muerto por un gentil.
  4. Si era considerado un paria respecto de la comunidad judía o, como se dice en hebreo, poresh mayhatzeeboor.

En el caso del Hombre de la Sábana, es obvio que fue víctima de una muerte violenta. Por lo tanto, según la primera condición presentada, estaba descalificado para el proceso de tahara. Si además el Hombre de la Sábana es Jesús, entonces habría estado descalificado según las cuatro condiciones.

El movimiento hacia la simplificación funeraria judía del siglo I

El entierro del Hombre del Manto refleja la simplicidad y ausencia de ornamentación que ha caracterizado los entierros judíos tradicionales durante cerca de 2000 años. Durante el primer siglo d.C. las actitudes de los judíos respecto a los entierros comenzaron a cambiar: si antes eran ornamentados y espléndidos, entonces empezaron a ser simples. En los Evangelios, Jesús mismo habla de la necesidad de simplicidad: «Considerad los lirios, cómo crecen: no labran ni hilan; y os digo que ni Schlomo con toda su gloria se vistió como uno de ellos»[20].

Jesús murió en la vanguardia del movimiento hacia la simplicidad funeraria que fue luego popularizado por el rabí Gamaliel, el mentor de Saulo de Tarso, y que posteriormente fue perfeccionado y estandarizado por su hijo y por su nieto.

Edersheim comenta sobre este cambio radical: «Hubo un momento en que el derroche relacionado a los funerales fue muy grande… Finalmente una muy necesaria reforma fue introducida por el rabí Gamaliel, quien dejó indicaciones de que él mismo debía ser enterrado con sencillos vestidos de lino. Su nieto limitó incluso el número de prendas fúnebres a una sola. El vestido fúnebre era confeccionado con el lino menos costoso, y lleva el nombre de tachrichim o “envoltura”»[21].

Maurice Lamm también explica: «Los vestidos que se usaban [para el entierro] debían ser apropiados para uno que pronto iba a estar en el juicio de Dios Todopoderoso, dueño de todo el universo y creador del hombre. Por ende, debían ser simples, hechos a mano, perfectamente limpios y blancos. Estos vestidos debían simbolizar la pureza, la simplicidad y la dignidad».

Hay, sin embargo, una razón histórica plausible para este cambio de actitud a favor de una vestimenta fúnebre más simple en los judíos de ese entonces. Jacob Ha’Cohen, en sus viajes medievales por las ruinas del Antiguo Israel, anotó lo siguiente: «Las tumbas de nuestros ancestros en Tiberíades son de más o menos dos parasangas y sus cuevas son de la altura de una casa, y sus sepulturas son de cuatro por cuatro codos…, porque los gentiles acostumbraban a sacar a los muertos de sus sepulturas, porque buscaban los hilos de oro con que se cosían los mantos»[22].

Este pasaje describe el período de la historia cultural judía de Tierra Santa anterior a las mencionadas modificaciones y cambios en las costumbres fúnebres judías, que se dieron durante y después del ministerio de Jesús, particularmente durante los tiempos de la Mishná. Si es cierto que el saqueo de las tumbas judías era común en esa época —y permítanme recalcar que el hecho de que alguien manipule un cadáver judío, especialmente si se trata de un gentil, que en los tiempos de Jesús era invariablemente un romano, era una noción detestable y terrible para los judíos—, no es de sorprender que se haya dado un cambio de corazón y de tradición en rabinos como Gamaliel, a fin de evitar cualquier motivo financiero que pudiera inducir a saquear y disturbar la paz de los sepulcros. Es particularmente fascinante que este cambio cultural hacia los entierros sencillos se haya dado durante y alrededor del tiempo de Cristo. Si la Sábana es el manto fúnebre de Jesús, no habría habido ningún tesoro que tentara a un saqueador. La teoría de Roland de Vaux de que los judíos durante el siglo I eran enterrados «enteramente vestidos» confirma el hecho de que Jesús, según la costumbre fúnebre judía, fuera cubierto antes de ser puesto en la tumba[23].

Tachrichim

«Las mortajas no tienen bolsillos. Por lo tanto, no pueden llevar ninguna riqueza material»[24]. El rabino Alfred Kolatch explica la prohibición de los bolsillos en los tachrichim: «Muchas sociedades antiguas —los egipcios, por ejemplo— creían que los muertos podían llevarse pertenencias al otro mundo… Los judíos no comparten el punto de vista de que los difuntos puedan llevar consigo posesiones mundanas… La Ética de los Padres afirma: “En honor de la partida de un hombre de este mundo, no lo acompañarán ni plata ni oro, ni piedras preciosas, ni perlas, sino sólo la Torá y las buenas obras”»[25].

La Sábana es una perfecta expresión del tachrichim. Es blanca, no tiene costuras, nudos ni bolsillos. Entre los judíos ortodoxos de nuestros días, los entierros son sencillos, en ataúdes de pino sin tallar que contienen los restos envueltos en vestidos fúnebres blancos de lino y sin adornos. Aunque en la época de Jesús sí se usaban flores —para alejar los malos olores del cuerpo en descomposición—, los judíos ortodoxos de hoy en día no las utilizan, puesto que se piensa que esa costumbre es de origen pagano. Hoy, en la cultura tradicional judía, no se entierra al difunto ni con flores, ni con joyas, ni con objetos de significado nostálgico ni nada semejante, sólo con un tachrichim como envoltorio. En la Sábana vemos, pues, un prototipo del entierro judío clásico que todavía existe hoy.

Una nueva metodología

La investigación sobre la naturaleza etnológica de los judíos es indispensable para entender sus orígenes como raza y para la apreciación de sus costumbres, de su folclor, y de las leyes que prevalecieron con ellos desde la época de Moisés, pasando por el siglo I, hasta nuestros días. Permítanme considerar algunos de los aspectos menos conocidos de la cultura judía y descubrir cómo ellos se reflejan en la Sábana.

En 1999, durante una conferencia sobre la Sábana Santa en Richmond, Virginia, presenté un trabajo titulado «Una nueva aproximación a la Sábana de Turín», en el que expuse lo que considero debe ser el nuevo orden en mi metodología de investigación del siglo I. Argumenté a favor de una aproximación más comprehensiva que tomara en cuenta las influencias semíticas, africanas y egipcias que han impactado en el pueblo judío desde los tiempos de Abraham[26].

A través de los milenios, la mayoría de expertos ha investigado la cultura judía, sus leyes y su folclor en sí mismos, sin detenerse a indagar en las influencias que contribuyeron desde el inicio a la totalidad del caudal del pueblo judío. Estas influencias fueron reformuladas, ajustadas y luego pudieron emerger nuevamente en la forma del cuerpo oficial de la Ley judía bastante antes de la muerte de Moisés. Estas diversas corrientes culturales coexistieron y se entremezclaron en todo el antiguo Oriente Medio, se alimentaron unas a otras, y se nutrieron conjuntamente en pos de la unificación y la compenetración durante los cuarenta años que los israelitas pasaron en el desierto[27].

Antes de que los judíos se convirtieran en “el pueblo judío”, eran étnicamente un pueblo semita surgido de lo que hoy conocemos como Irak. Abram dejó Ur Kasdim con su familia y llegó a Canaán, una tierra ocupada por población cananea derivada de la camítica, aunque influenciada por la semítica[28]. Si bien los patriarcas hebreos, Abraham, Isaac y Jacob, se casaron con las igualmente semitas Sara, Rebeca, Raquel y Lía, hubo ligazones con las mujeres nativas de la región, y como resultado emergió una raza mixta que se integró al cuerpo de la nación hebrea[29]. Con la masiva migración de hebreos a Egipto, los judíos fueron influenciados y casi asimilados por las culturas paganas de los faraones. Y aunque los gobernantes hicsos de Egipto y sus séquitos eran ellos mismos de origen semítico, los valores hedonistas que impregnaban la tierra del Nilo durante el tiempo faraónico chocaban con las creencias de los judíos monoteístas y, a excepción de la breve edad dorada del príncipe José, hijo de Jacob, los dos grupos semíticos nunca se fusionaron. Después de cuatrocientos años de subyugación, los hebreos salieron del cautiverio egipcio junto a miles de esclavos del Este africano que buscaban la libertad, y fue tarea de Moisés reelaborar sobre los residuos de paganismo y presentar el producto monoteísta terminado a la población migratoria semítico-camítica[30]. El cuerpo legal que brotó de la experiencia del desierto bajo Moisés era verdaderamente el lenguaje inclusivo de su tiempo, un lenguaje legal aunque también racional que se convirtió en el aglutinante que ha unido a la nación judía hasta el día de hoy.

Consideremos ahora tres componentes etnológicos esenciales de la cultura judía, los cuales, debo añadir, han sobrevivido desde las eras abrahámica y patriarcal, a través del tiempo de Moisés y el siglo I, hasta nuestros días, y veamos cómo encuentran su expresión en la Sábana, que suponemos es el Manto fúnebre de Cristo del siglo I.

Aspectos semíticos de la Sábana Santa

El codo real era la medida que se utilizaba en el mundo de la Mesopotamia antigua. Fue asumido por los hebreos en su contexto monoteísta y es prácticamente parte del ritual judío incluso en nuestros días[31]. Está basado en la medición del brazo estirado, desde el codo hasta la punta del dedo medio[32]. En 1987 el profesor Ian Dickinson trajo a colación el tema del codo. La Sábana está medida en codos. Mide ocho codos de largo y dos de ancho.

Uno encuentra dos manos estiradas en la Sábana[33]. La ley judía insistía en que se estirasen los dedos del difunto en el entierro, porque los dedos doblados formando puños significan el desafío demoníaco pagano —como en las pequeñas figuras fúnebres del Egipto antiguo—. Los dedos del Hombre de la Sábana, como los dedos de muchas figurillas mesopotámicas que he encontrado, están estirados, según la tradición judía y sus requerimientos fúnebres[34].

Aspectos camíticos de la Sábana Santa

Desde 1963 he estudiado las influencias africanas sobre la etno-fisiología, la ley y el simbolismo judíos y, después de todos estos años, considero que es irreal pretender hacer cualquier estudio crítico sobre los judíos sin por lo menos un estudio rudimentario del tema africano.

Un diseño derivado del África que es muy común en la cultura judía es la “duplicación”. En el arte africano, objetos como coronas, cetros y otros ornamentos para la cabeza presentan un patrón “duplicado” con una simetría perfecta[35]. El número 2, que aparece en la Biblia aproximadamente novecientas veces, es un elemento permanente de la cultura judía. Los 10 mandamientos fueron escritos en dos tablas: una que contenía 5 mandamientos positivos y la otra, 5 negativos. En el Santo Templo de Jerusalén, dos querubines idénticos sobre el Arca de la Alianza siempre eran puestos juntos, mirándose el uno al otro, cabeza con cabeza, ala con ala. Considerando que el símbolo de la duplicación (repetición), el número 2, la fracción del medio, la palabra “doble”, etc., fueron y siguen siendo tan poderosos en la civilización judía, ¿no se podría considerar que las dos imágenes de tamaño real que se encuentran cabeza con cabeza en la Sábana pudieran haber sido para María Magdalena y los otros cristianos de ese tiempo, la cosa más natural del mundo, simplemente una repetición de una tendencia simbólica judía, que para ese entonces ya tenía más de mil años? Quizás al ver la Sábana con sus dos figuras cabeza a cabeza, estos cristianos la asociaran a los dos querubines sentados cara a cara sobre el Arca de la Alianza.

La idea de la santidad de la sangre, ya mencionada anteriormente, también deriva directamente de las tribus africanas, y el hecho de que el Manto esté cubierto con sangre de las heridas de la Pasión indica que el Hombre de la Sábana, de acuerdo a las leyes de sepultura judías, no fue lavado antes del entierro.

Aspectos “jeroglíficos” de la Sábana Santa

Creo que el patrón de las ataduras usadas incluso hoy en día en los entierros judíos, deriva del modo de envolver momias del antiguo Egipto[36]. Según la ley judía, los ropajes mortuorios deben cubrir completamente el cuerpo —de la cabeza a los pies— y estar sujetos por finas ataduras que formen la letra shin —que, como se ha mencionado, es la primera de la palabra Shadai—.

No puedo destacar suficientemente la necesidad de analizar todos los aspectos de la cultura judía tradicional en lo que he considerado sus tres principales componentes: lo semítico, lo camítico y lo jeroglífico. Estos elementos han estado presentes en el mismo núcleo de la cultura y la ley judías desde los tiempos abrahámicos, y creo que se manifiestan en la Sábana Santa, convirtiéndola así en un objeto tan consistente con la cultura judía como debiera ser si fuese el verdadero atavío fúnebre de Jesús en el siglo I.

¿Parece judío el hombre de la Sábana?

Le pregunté a un reconocido judío ortodoxo, doctor en microbiología, si el Hombre de la Sábana tenía apariencia de judío. Su sutil respuesta fue que «no destacaría entre un grupo de judíos». Cuando vi por vez primera una foto del Hombre del Manto, quedé inmediatamente impresionada por una delicada combinación de rasgos étnico-raciales semíticos y camíticos. La longitud y angostura de la cabeza son claramente características provenientes del corazón del África oriental, mientras que la estrecha correlación entre los ojos y la nariz, así como la protuberancia en el lado izquierdo de la nariz del Hombre de la Sábana, son de irrefutable ascendencia semítica. Debido a mi experiencia pasada como peluquera profesional especializada en texturas de cabello africanas y mestizas, me impresioné también ante el cabello del Hombre de la Sábana, cuya textura es típica en localidades con mayoría étnica judía. La tendencia del cabello de irse ondulando progresivamente conforme se va alejando de su raíz lisa, es típica en muchos judíos. Los elevados aunque no prominentes pómulos son, una vez más, señal de la influencia racial africana en un pueblo que alguna vez fue enteramente semítico. La amplia, fuerte y casi piramidal forma del cuerpo del Hombre del Manto evoca la estructura corporal de muchos pueblos africanos y de raza mixta, como los judíos.

En el Levítico se ordena: «No afeitéis los bordes de vuestra cabeza ni recortéis vuestra barba; tampoco os haréis tatuajes ni incisiones en vuestra carne por un muerto. Yo soy el Señor» (Lev 19,27-28). El motivo de la prohibición del corte de cabello es el temor de derramar sangre, dado que ella equivale a la vida en la ley judía, según la cual, la fuerte y siempre vigente prohibición contra el innecesario derramamiento de sangre se extiende también a cualquier contacto de una cuchilla con la piel[37]. El Hombre de la Sábana tiene barba, según la tradición judía, así como prominentes patillas, que incluso hoy en día son comunes entre judíos ultra-ortodoxos en todo el mundo.

Existe, sin embargo, una explicación étnico-histórica plausible para el cabello sobre la frente y la larga cabellera del Hombre de la Sábana. La imagen dorsal presenta una cabellera que parece ser propia de los judíos en la época de Jesús. El padre Bernard Lee, en su libro El judaísmo galileo de Jesús, muestra a un galileo independiente, judío y patriota de Israel. El cabello del Hombre de la Sábana —que parece estar amarrado en la parte posterior— podría representar un estilo popular entre los judíos varones durante el inicio del siglo I, estilo que sirvió como protesta contra el corte al ras, casi afeitado, que era la personificación de la Roma imperial. El padre Lee incluso hace referencia a la remota posibilidad de que Jesús pudiera haber sido un discreto simpatizante y difusor de los sentimientos nacionalistas judíos entre los que creció en Nazaret.

Conclusión

En conclusión, y en base a mi investigación, debo decir que el Manto de Turín posee todos los elementos de un ropaje mortuorio judío del siglo I. La pregunta sería entonces: ¿quién es ese judío?

 


 

Notas 

[1] Ver Encyclopedia Judaica, Keter Publishing House, Israel, pp. 479-507.

[2] Ver William K. Klingaman, The First Century: Emperors, Gods, and Everyman, Harper Perennial, 1990, p. 1.

[3] Ver allí mismo, p. 3.

[4] Ver Henri Daniel-Rops, Daily Life in the Time of Jesus, Hawthorne Books, 1962, p. 53.

[5] Alfred Edersheim, Sketches of Jewish Social Life in the Days of Christ, Eerdmans, Grand Rapids 1993, p. 205.

[6] Ver Henri Daniel-Rops, ob. cit., p. 214.

[7] Ver Alfred Edersheim, ob. cit., p. 245.

[8] Henri Daniel-Rops, ob. cit., p. 245.

[9] Ver Encyclopedia Judaica, ob. cit., vol. 4, p. 1516.

[10] Ver Chaim Binyamin Goldberg, Mourning in Halachah, Mesorah, 1991, p. 119; Alfred Edersheim, ob. cit., p. 168.

[11] Lug. cit.

[12] La «Biblical Archaeology Review» menciona acerca del libro de A. Edersheim, The Life and Times of Jesus the Messiah, que este trabajo resulta especialmente importante debido al conocimiento que Edersheim tenía de las costumbres y tradiciones judías.

[13] Alfred Edersheim, ob. cit., p. 168.

[14] Ver Rebecca S. Jackson, Hasadeen Hakadosh: The Holy Shroud in Hebrew, en Actes Du Symposium Scientifique International, Roma 1993, pp. 27-33.

[15] Actualmente existe un tejido mezclado de algodón y lino desarrollado expresamente en esa línea.

[16] Henri Daniel-Rops, ob. cit., p. 214. ¿Era la aspereza del lino realmente el problema? Egipto, según el desaparecido egiptólogo alemán Adolf Erman, producía un lino delicado, casi transparente, así como otro más áspero. Edersheim señala que los judíos de la época de Jesús aprovecharon el servicio de sus correligionarios, en lugar del de los gentiles, en cuestión de alimentos, de la manufactura textil y de otras necesidades de la vida. Esto se daba mayormente debido al temor de que los gentiles contaminaran sus alimentos y textiles. Las leyes de kashrut o la legalidad religiosa respecto de la comida y de las telas eran de la mayor importancia para los judíos, y por miles de años han mantenido estos temas bajo estricto control. Las leyes de sha’atnez tienen amplia vigencia aún hoy en día, y en Israel, así como en otras ciudades grandes de la diáspora judía, laboratorios de judíos son capaces de examinar científicamente ropas y telas para verificar su pureza ritual.

[17] Ver Rebecca S. Jackson, ob. cit.

[18] Hay muchas otras condiciones para ser descalificado, pero son demasiadas para mencionarlas todas.

[19] Ver Maurice Lamm, The Jewish Way in Death and Mourning, p. 244: «En los casos en los que los difuntos fallecieron instantáneamente por violencia o en un accidente y cuyos cuerpos o vestimentas están completamente impregnados con sangre, no está permitido lavarlos o aplicarles tahara. El cuerpo es depositado en el sepulcro sin que la ropa sea removida. Sólo se le envuelve con una sábana, sobre la ropa. La sangre es parte del cuerpo y no debe ser separada de él ni siquiera en la muerte». En el caso único de Jesús, le fueron retiradas sus ropas. Si Jesús es el Hombre de la Sábana, ésta fue colocada sobre su cuerpo ensangrentado y no lavado, por lo que absorbió la sangre que derramó durante la pasión.

[20] Lc 12,27 (Nuevo Testamento Judío). Schlomo es el nombre judío de Salomón.

[21] Alfred Edersheim, ob. cit., p. 168.

[22] Elkan Nathan Adler (ed.), Jewish Travelers in the Middle Ages, Dover 1990, p. 96.

[23] Ver Roland de Vaux, Ancient Israel: Its Life and Institutions, Eerdmans, Grand Rapids 1961, pp. 56-57. De Vaux hace referencia a imperdibles y otros adornos que fueron encontrados en excavaciones de tumbas judías del siglo I.

[24] Maurice Lamm, ob. cit., p. 7.

[25] Alfred J. Kolatch, The Jewish Mourner’s Book of Why, Jonathan David Publ., Nueva York 1993, p. 37. La Ética de los Padres a la cual se refiere el rabino Kolatch es uno de los libros de la Mishná.

[26] Desde 1999 he añadido una cuarta influencia étnico-cultural, la helenista, al cada vez más amplio elenco de influencias etnológicas sobre el pueblo judío. Aunque no se pueden detectar elementos helénicos en la Sábana misma, la influencia del helenismo, de acuerdo a nuestra investigación, aparecerá luego en las exhibiciones del Manto en Constantinopla.

[27] Cain Hope Felder, profesor de lenguaje y literatura del Nuevo Testamento en la Universidad de Howard, ve la historia bíblica dentro de un contexto afro-asiático, refiriéndose a la región entre el Nilo y el Éufrates como el “Edén” (ver Introduction, en Cain Hope Felder [ed.], The Original African Heritage Study Bible, World Publishing, 1994, pp. x-xi).

[28] Los cananeos eran los descendientes directos de Cam, el hijo de Noé.

[29] Sin embargo, el “venerado” y preciado linaje del pueblo judío desde aquel entonces siempre ha conseguido hallar sus orígenes en la herencia semítica original del pueblo judío. El rey David era descendiente directo de Rut, la esposa moabita de Booz, un semita converso al judaísmo que, en su juventud, adoró a Baal.

[30] Debe notarse que Moisés, al final de sus años, se casó con una mujer etíope, lo que causó gran disgusto a su hermana Miriam.

[31] Ver Roland de Vaux, ob. cit., p. 197.

[32] De acuerdo a la ley judía, incluso hoy las mujeres deben usar ropa que tenga mangas que no cubran más allá del codo, de tal modo que dejen la porción de “un codo” desnuda.

[33] La bendición sacerdotal consiste en dos manos estiradas unidas por los pulgares, dejando los dedos unidos, irónicamente, en grupos de dos. El rigor mortis no permitió que esta expresión simbólica quedara en la Sábana.

[34] En esta forma escultural exquisita he notado una tendencia predominante de retratar a los nobles de Babilonia con el pelo crespo, largo y al viento, e igualmente con las barbas crespas. ¿No encontramos, curiosamente, también este hecho en el Hombre de la Sábana?

[35] El pueblo Yoruba cree que las almas de los mellizos no puede ser dividida, y que cuando uno de ellos muere, su alma necesita un lugar de descanso para poder participar de las actividades del hermano sobreviviente (ver Elsy Leuzinger, Africa: The Art of the Negro Peoples, Crown Publ., Nueva York 1960, p. 129).

[36] El patrón con el que las filacterias judías envuelven el brazo izquierdo también es, a mi parecer, de origen egipcio. La envoltura de los dedos de la mano izquierda sigue la forma de la letra shin, la primera letra de la palabra hebrea Shadai o Dios.

[37] Ver Elsy Leuzinger, ob. cit., pp. 109, 185, 187. En África, el tatuaje era y continúa siendo realizado en máscaras ceremoniales o estatuas, pero no sobre la piel humana. Posiblemente los judíos, a diferencia de otros pueblos del antiguo Cercano Oriente que consideraron apropiado tatuar sus cuerpos, aceptaron y mantuvieron dichas reglas contra el tatuaje bajo influencia de los pueblos africanos, con quienes mantuvieron contacto durante la dominación en Egipto y durante el proceso del éxodo. Según la Enciclopedia Judaica, el tatuaje era una marca de esclavitud o sumisión a una deidad. Esta forma de arte era practicada en el antiguo Cercano Oriente, en Grecia y en Roma. Maimónedes consideraba el tatuaje una «costumbre de idólatras» (ver Encyclopedia Judaica, vol. 15, pp. 831-832).