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La teología y la Sábana Santa

Por Rafael de la Piedra, Teólogo

 

El valor del signo

¿Es la Sábana Santa de Turín «uno de los signos más conmovedores del amor sufriente del Redentor»[1]? ¿Nos remite «a Jesús en el momento de su máxima impotencia, y nos recuerda que en la anulación de esa muerte está la salvación del mundo entero»[2]? ¿Podemos decir que «con su elocuencia dramática nos ofrece el mensaje más significativo para nuestra vida», es decir que «la fuente de toda existencia cristiana es la redención que nos consiguió el Salvador»[3]? ¿Podemos aseverar que «no sólo expresa el silencio de la muerte, sino también el silencio valiente y fecundo de la superación de lo efímero, gracias a la inmersión total en el eterno presente de Dios»[4]?

Ciertamente uno no puede permanecer impasible ni indiferente ante lo que la Sábana Santa nos transmite y que, sin duda, va más allá de las conclusiones científicas a las que podemos llegar a través de las innumerables investigaciones realizadas. Su profunda relación con la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús de Nazaret, es la razón por la que desata los más encontrados sentimientos y actitudes. Si fuese el lienzo mortuorio de Napoleón Bonaparte, de Cleopatra, de Alejandro Magno o de cualquier otro personaje histórico, ciertamente no causaría tanto revuelo.

La necesidad de silencio en la cultura hodierna

Una de las características más saltantes de la cultura hodierna es el valor dado al estímulo externo en sus más variadas formas y posibilidades. El hombre va guiando su actuar de acuerdo a las resonancias afectivas o emotivas del momento, viviendo en muchas ocasiones en un individualismo orientado únicamente a lo útil o a lo placentero, sin dejarse rectificar por criterios o razones de ningún tipo. En este panorama, la cultura se ve sometida a la llamada «dictadura de la imagen», donde todo «puede ser una noticia o una imagen. Lo importante es que llame la atención de todos y logre conmoverlos, sea en un sentido positivo o negativo… La excitación y el aburrimiento son las categorías que han pasado a ocupar el rol que antes desempeñaban las categorías de racionalidad e irracionalidad»[5].

En este mundo de intensas emociones, de estímulos exacerbados, de bulla permanente, donde la información se confunde con la ficción, donde el dramatismo de la vida cotidiana va perdiendo su espesor cediendo paso a lo que tiene mayor resonancia emocional, el ser humano va abandonando espacios de silencio y de encuentro consigo mismo. Sin embargo, eterno buscador de la verdad última de la realidad, el hombre descubre una permanente insatisfacción ante esta vorágine de respuestas prefabricadas.

Pero ante este panorama brevemente descrito, ¿qué hacer? Creo que la clave la da el Santo Padre Juan Pablo II al decir que «nuestro tiempo necesita redescubrir la fecundidad del silencio, para superar la disipación de los sonidos, de las imágenes y de la palabrería, que muy a menudo impiden escuchar la voz de Dios»[6]. Y es justamente en el silencio donde podremos dejarnos interpelar y sintonizar con la imagen del Crucificado que aparece ante nuestros ojos cuando contemplamos la Sábana Santa. Solamente haciendo silencio el hombre podrá abrirse a la dinámica del signo, es decir a aquella realidad sensible que remite a otra realidad más difícil de conocer.

Características del signo

¿Qué es el signo? San Agustín lo define señalando que «signo es una cosa que, además de la forma propia que imprime en los sentidos, lleva al conocimiento de otra cosa distinta de sí»[7].

Una de las características necesarias y básicas del signo es que deberá poseer una realidad histórica y concreta que le permita ser reconocido a través de los caminos sensoriales normales.

La dimensión de mediación entre un significado y un significante puede darse en diversos niveles: signo-índice, signo-símbolo, signo-imagen, signo estético, etc.

Podemos afirmar entonces que el signo crea así un “vínculo comunicativo”, ya que justamente se mantiene por la relación existente entre la fuente que lo emite y el destinatario que lo recibe.

Para que se puedan dar estos elementos debe haber un cierto consenso universal que salga de la esfera de lo subjetivo e individual. No puede existir un signo solamente para un individuo, ya que cesaría el elemento de la comunicación antes mencionado.

Además el signo suscita una reflexión en cuanto que estimula al receptor a dar el paso entre el objeto percibido y la realidad significada que lo moverá a una toma de postura, ya que supone la aceptación o el rechazo del mismo, no existiendo así la posibilidad de una postura neutra.

Ahora bien, al aproximarnos a la revelación de Dios, a la obra de la reconciliación que Él ha realizado en el Señor Jesús, cabe la pregunta: ¿qué papel juega el “signo” en ella?

El valor de los signos en la dinámica relacional de Dios

Buscando entender el valor del “signo” en la dinámica relacional de Dios con el hombre es preciso dirigir nuestra atención al Antiguo Testamento, donde encontraremos que, en la mentalidad judía, no es posible hacerse una imagen de Dios —lo que supondría ir contra su trascendencia y caer en idolatría (ver Éx 20,1-5)—, y más bien que la manera más adecuada de conocerlo será justamente a través de los “signos”.

Para el hombre de la Biblia el signo tiene esencialmente un valor religioso. Es un medio por el cual el misterio se hace luminoso. No es casualidad que en hebreo ôt se traduzca primero por semeion en la versión de los LXX y luego por mysterion, antes de que la Vulgata lo traduzca por signum.

En el Antiguo Testamento

Dios actúa y su actuar se hace palpable en Israel a través de los signos manifestados, alimentando así la fe de su pueblo y suscitando su esperanza con el anuncio de los signos futuros[8]. Sin duda, en el Antiguo Testamento el más importante de todos es la liberación de Israel de Egipto: «Hirió en sus primogénitos a Egipto, porque es eterno su amor; y sacó a Israel de entre ellos, porque es eterno su amor; con mano fuerte y tenso brazo, porque es eterno su amor» (Sal 136,10-12).

Encontramos en el Antiguo Testamento también otros signos. Yahveh le dice a Abraham: «“Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas”. Y le dijo: “Así será tu descendencia”» (Gén 15,5). Al pueblo de Israel, el mirar las estrellas no le evocaba un significado pagano (signos zodiacales, oráculos, etc.), sino que le hablaba de una promesa hecha por Dios a través de Abraham.

La literatura profética identificará al mismo profeta como un signo personal dado al pueblo para revelar la voluntad de Dios y su Plan de salvación. Tenemos, entre otras, la dramática historia del profeta Oseas, que debe manifestar con su vida la infidelidad del pueblo a Dios; en Jeremías el hambre y la sequía son signos de la infidelidad de Israel (ver Jer 14ss); en el libro de Ezequiel, el Señor responde al pueblo y le dice: «Ezequiel será para vosotros un símbolo; haréis todo lo que él ha hecho. Y cuando esto suceda, sabréis que yo soy el Señor Yahveh» (Ez 24,24).

En el Nuevo Testamento

En el Plan de salvación de Dios encontramos una clara pedagogía divina, donde el Señor se comunica gradualmente con el hombre y le manifiesta poco a poco su designio reconciliador, llegando a su plenitud en la Encarnación del Verbo. «Para una semiología teológica sigue siendo fundamental la centralidad del acontecimiento histórico de Jesús como signo fontal, estético, de la revelación de Dios. El principio hermenéutico, constituido por su misterio pascual, habilita para la comprensión y discernimiento de todos los demás signos (Jn 5,22; 6,30; 8,15; 12,48)»[9].

En el Nuevo Testamento la novedad fundamental es que Dios se deja ver en un rostro concreto: «La Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14). El rostro del Hijo nos remite al rostro del Padre: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”?» (Jn 14,9). Dios asume un rostro concreto para que podamos contemplarlo.

En los Evangelios sinópticos vemos cómo los signos giran en torno al anuncio y la confirmación del tiempo mesiánico: «Y les respondió: “Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva”» (Lc 7,22).

Jesús, fiel a la promesa divina de una renovación de las antiguas maravillas (ver Is 35,5ss), multiplica los milagros que, al tiempo que dan crédito a sus palabras, participan del carácter de signos-acontecimientos salvadores que constituyen, con toda su autoridad personal y toda su actividad, «los signos de los tiempos» (ver Mt 16,3), es decir, los indicios de la era mesiánica.

La teología del signo en San Juan

En el contexto descrito, merece una atención especial el Evangelio según San Juan. El discípulo amado nos ha dejado toda una teología del signo en la que utilizará la palabra en singular dándole un sentido nuevo y particular: el signo por excelencia es el mismo Señor Jesús. Él remite continuamente al Padre, revelándonos la dimensión trinitaria de la vida íntima de Dios, desde el primer milagro realizado: «Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos» (Jn 2,11), hasta su Muerte y su Resurrección gloriosa.

Nos dice el evangelista en la parte final de su Evangelio: «Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Éstas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre» (Jn 20,30-31).

Podemos descubrir en el capítulo 6 del Evangelio de San Juan una síntesis de la teología del signo propuesta por el discípulo amado. Después de la multiplicación de los panes, el pueblo quería hacer rey al Señor Jesús. Sin embargo, Él les responde: «En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado» (Jn 6,26). El pueblo se ha quedado en el hecho extraordinario y no es capaz de completar el significado último del signo: reconocer a Jesucristo como «el pan vivo» que «baja del cielo y da la vida por el mundo» (Jn 6,33).

Así pues, podemos afirmar que los signos, por una parte, buscan alentar la fe para que sea más genuina, ya que remiten al contenido fundamental que es el misterio de Dios; pero, por otra parte, estimulan para que el no creyente sepa percibir a través de ellos la presencia del misterio que puede dar sentido último a su vida.

«Vio y creyó»

Existe un pasaje en el Evangelio según San Juan (ver Jn 20,1-10) en el que el evangelista nos ha dejado una clave de interpretación acerca del valor de la Sábana Santa. Hagamos un breve análisis de este famoso pasaje[10], donde el discípulo amado se hace merecedor de la bienaventuranza de creer sin haber visto (ver Jn 20,29).

Pedro y Juan se aproximan corriendo al sepulcro a causa de la noticia transmitida por María Magdalena: «Se han llevado al Señor, y no sabemos dónde lo han puesto» (Jn 20,2). Juan no entra, aun habiendo llegado antes que Pedro. Pero cuando ingresa, ve y cree, pues «hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos» (Jn 20,9). La pregunta lógica que brota es: ¿qué es exactamente lo que Juan vio para poder creer?

Un primer dato que debemos considerar es que los tres Evangelios sinópticos mencionan que, al ser descendido de la Cruz, el Señor Jesús fue envuelto en una sábana comprada por José de Arimatea:

Mateo dice que «José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana (sindóni) limpia y lo puso en su sepulcro nuevo que había hecho excavar en la roca; luego, hizo rodar una gran piedra hasta la entrada del sepulcro y se fue» (Mt 27,59-60).

Marcos señala que José de Arimatea, «comprando una sábana (sindóna), lo descolgó de la cruz, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro que estaba excavado en roca; luego, hizo rodar una piedra sobre la entrada del sepulcro» (Mc 15,46).

Lucas, por su parte, anota que, «después de descolgarlo, lo envolvió en una sábana (sindóni) y lo puso en un sepulcro excavado en la roca en el que nadie había sido puesto todavía» (Lc 23,53).

Y Juan, por otro lado, apunta: «Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar» (Jn 19,40).

Analizando el pasaje mencionado vemos que es posible distinguir claramente tres momentos: cuando Juan llega al sepulcro pero no entra; cuando Pedro llega, entra y contempla; y cuando, finalmente, el discípulo amado entra, ve y cree.

En un primer momento Juan, inclinándose desde afuera, «ve que yacen puestos los lienzos»[11].

En un segundo momento, una vez que Pedro «entra» en el sepulcro, contempla los lienzos[12]. No sólo ve los lienzos que yacen puestos, sino que contempla también el sudario que había estado sobre la cabeza. Juan, hasta ahora, solamente ha visto la parte correspondiente a los pies de la losa sepulcral. Pedro, sin embargo, ve la losa completa y descubre el sudario «khorís», «separatim» (Jn 20,7), es decir «separadamente» o «permaneciendo enrollado» o «que continuaba enrollado» y además «eis héna topón», «en el mismo lugar» (Jn 20,7), es decir en el lugar donde reposaba el día que fue sepultado.

La presencia de la sábana en la mañana de la Resurrección está expresamente afirmada por Juan cuando nos habla de «los lienzos» (Jn 20,7). Si bien no menciona explícitamente a la sábana, la podemos considerar incluida cuando se refiere a «los lienzos que yacían puestos».

Finalmente, al entrar Juan, ve los mismos lienzos que había en el sepulcro el día viernes, pero ahora la sábana que estaba colocada en la losa y el sudario que se encontraba encima ya no contenían el cuerpo del amado Jesús. Y ante este signo, el discípulo amado ve y cree en aquello que el Maestro Bueno había anunciado y que estaba fundamentado en las Escrituras: que debía resucitar de entre los muertos.

Una experiencia similar se ofrece hoy a toda persona de buena voluntad que entre en contacto con el Manto de Turín. El no creyente se verá ante un misterio que desafía su razón y lo invita a abrirse, a ir más allá de ella para encontrar el sentido pleno de su existencia. El creyente, por su parte, verá fortalecida su fe por medio de evidencias que manifiestan la racionabilidad de lo que cree.

En ese sentido podemos decir, junto al Papa Juan Pablo II, que la Sábana Santa posee el valor de constituirse en «un signo mudo pero a la vez sorprendentemente elocuente»[13] de la Resurrección de Jesucristo. Esto es lo que vio el discípulo amado y lo que nosotros estamos invitados a ver.

La teología y la Sábana Santa

¿Cuál es el valor que la Sábana Santa de Turín puede tener para la fe del cristiano hoy? ¿Cómo y de qué manera ese lienzo nos puede «ayudar a comprender mejor el misterio del amor que nos tiene el Hijo de Dios»[14]?

Como ya hemos dicho, nuestra fe se fundamenta en Dios mismo —ya que Él es la Verdad misma y la fuente de la revelación— y en el acontecimiento de la Encarnación, inicio de la obra reconciliadora.

El custodio de la reliquia, el Cardenal Giovanni Saldarini, en un dossier entregado a los obispos de la Conferencia Episcopal Italiana el 13 de mayo de 1996, señala claramente: «La fe no se funda en la autenticidad de la Sábana y nunca se ha mencionado como la evidencia de la verdad del cristianismo. Por eso el creyente se siente completamente libre y sereno en su investigación»[15].

Si bien la fe en Cristo Dios-hombre, muerto y resucitado para nuestra salvación, se basa en la predicación apostólica, transmitida y custodiada fielmente por el magisterio de la Iglesia, la Sábana Santa, testigo de la Resurrección y «uno de los signos más conmovedores del amor sufriente del Redentor»[16], puede ser una valiosa ayuda para avanzar por el camino de la fe.

¿Cuál es el aporte de la Sábana Santa?

El buscar el fundamento y las “razones para creer” es una actitud necesaria y saludable para todo creyente. Podemos hasta decir que hacerlo constituye una señal de madurez: «“La fe trata de comprender”: es inherente a la fe que el creyente desee conocer mejor a aquel en quien ha puesto su fe, y comprender mejor lo que le ha sido revelado; un conocimiento más penetrante suscitará a su vez una fe mayor, cada vez más encendida de amor… Así, según el adagio de San Agustín, “creo para comprender y comprendo para creer mejor”»[17].

El conocer las innumerables huellas que vemos en la Sábana Santa nos puede ayudar a «creer» y a «comprender mejor» el sacrificio de Jesús por nosotros en la Cruz. Las ciencias positivas, por su parte, pueden también sin duda ayudarnos en esta tarea a través de las investigaciones realizadas, a tener datos históricos relevantes y complementarios sobre la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo.

Razones para creer

El poder fundamentar nuestra fe y comunicarla son dos elementos claves que atañen directamente a la teología fundamental en su relación con la Sábana Santa de Turín. Es lo que el Apóstol San Pedro nos dice en su primera Carta: «Al contrario, dad culto al Señor, Cristo, en vuestros corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza» (1Pe 3,15).

El dar razón de nuestra fe constituye una primera y necesaria aproximación al acto mismo de creer. El recuperar una reflexión teológica que sepa motivar la necesidad de creer, como una opción plenamente personal, es el camino trazado por el Papa Juan Pablo II en la encíclica Fides et ratio: «Del mismo modo, la teología fundamental debe mostrar la íntima compatibilidad entre la fe y su exigencia fundamental de ser explicitada mediante una razón capaz de dar su asentimiento en plena libertad. Así, la fe sabrá mostrar “plenamente el camino a una razón que busca sinceramente la verdad. De este modo, la fe, don de Dios, a pesar de no fundarse en la razón, ciertamente no puede prescindir de ella; al mismo tiempo, la razón necesita fortalecerse mediante la fe, para descubrir los horizontes a los que no podría llegar por sí misma”»[18].

Entender la teología fundamental desde esta perspectiva exige que el encuentro con el dato revelado siga una metodología que no sólo sepa relacionarse con el hombre de fe, sino que sepa además expresar los datos de la fe incluso fuera de su horizonte[19].

En ese sentido, el análisis de los diversos elementos que la Sábana Santa nos transmite requiere de una metodología científica que sepa verificar los datos que poseemos para poder así, críticamente, fortalecer aquellas verdades que se acogen como auténticos “dones de Dios”.

Por lo tanto, la Sábana Santa se constituye en un signo para la fe que confirma lo que leemos en la Sagrada Escritura y acogemos en la Sagrada Tradición sobre este acontecimiento único. No es que ella sea la que suscite la fe sobrenatural (ya que la fe es suscitada por la gracia de Dios y transmitida por la comunidad de Apóstoles que anuncia a Cristo Reconciliador), pero ella confirma aquello que se cree, ayuda a dar un significado más profundo de lo que se ve y plantea cuestionamientos para que se aumente.

Signo del amor de Dios

En palabras de Juan Pablo II, la Sábana Santa es un signo que invita al creyente a ver la «imagen del amor de Dios, así como del pecado del hombre. Invita a redescubrir la causa última de la muerte redentora de Jesús. En el inconmensurable sufrimiento que documenta, el amor de Aquel que “tanto amó al mundo que dio a su Hijo único” (Jn 3,16) se hace casi palpable y manifiesta sus sorprendentes dimensiones. Ante ella, los creyentes no pueden menos que exclamar con toda verdad: “Señor, ¡no podías amarme más!”, y darse cuenta en seguida de que el pecado es el responsable de ese sufrimiento: los pecados de todo ser humano»[20].

Puede también ser considerada un signo para los no creyentes, ya que es capaz de reflejar el sufrimiento que el ser humano es capaz de producir en otro hermano. En ese sentido es una invitación a profundizar en el misterio del dolor y en sus causas más profundas.

La Sábana Santa podría ser considerada, además, en sentido teológico, un “signo” útil a la comprensión del misterio divino. Podemos decir que el Manto de Turín, en cuanto documento histórico, puede ayudar a la exégesis y a la teología fundamental en su interés histórico por todo aquello que tiene que ver con la autenticidad y la historicidad de los Evangelios y con la credibilidad de la fe cristiana. La exégesis, junto con la teología bíblica, pueden encontrar en este admirable documento una serie de informaciones útiles para la comprensión de los textos relativos a la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor Jesús.

Incluso respecto a la teología dogmática, el Santo Lienzo tiene algo que ofrecer: informaciones objetivas sobre la Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección del Hijo de Dios, útiles para la comprensión del alcance salvífico de los eventos históricos que testimonia.

Por último, el encuentro entre la Sábana Santa y los hombres interesa tanto a la teología pastoral como a la teología espiritual: la fe de los cristianos, la devoción de los peregrinos, las conversiones ante esta reliquia, los ritos y las liturgias vinculadas a ella, las intuiciones de los místicos sobre la Pasión de Cristo por amor nuestro, constituyen otros tantos núcleos de interés para tales disciplinas.

Podemos afirmar, a modo de conclusión, que la Sábana Santa es un «signo mudo pero a la vez sorprendentemente elocuente»[21] del amor infinito de Dios por cada uno de nosotros en este nuevo milenio de la fe.

 


 

Notas

[1] Juan Pablo II, Discurso durante la celebración de la Palabra en la Catedral de Turín ante la Sábana Santa, 24/5/­1998, 1.

[2] Allí mismo, 8.

[3] Juan Pablo II, Homilía durante la Misa de beatificación de tres siervos de Dios en la Plaza Vittorio Veneto, 24/5/1998, 5.

[4] Juan Pablo II, Discurso durante la celebración de la Palabra en la Catedral de Turín ante la Sábana Santa, 24/5/­1998, 7.

[5] Pedro Morandé Court, Una modernidad abierta a la amistad y al misterio, en revista «Vida y Espiritualidad», año 11, n. 30, Lima, enero-abril de 1995, p. 80.

[6] Juan Pablo II, Discurso durante la celebración de la Palabra en la Catedral de Turín ante la Sábana Santa, 24­­/5/­1998, 7.

[7] San Agustín, De doctr. christiana, II, 1.

[8] Ver Paul Ternant, Signo, en X. Léon-Dufour (dir.), Vocabulario de teología bíblica, Herder, Barcelona 141988, p. 859.

[9] Mons. Rino Fisichella, Semiología, en R. Latourelle, R. Fisichella y S. Pié-Ninot (dirs.), Diccionario de teología fundamental, Paulinas, Madrid 1992, p. 1344.

[10] Ver Mons. Pietro Savio, Ricerche sul culto della Santa Sindone, Società Editrice Internacionale, Turín 1957, pp. 25-33, 131-151. Ver también Giuseppe Ghiberti, O Sudário, os Evangelhos e a Vida Cristã, Loyola, São Paulo 22001, pp. 15-24; Luis García García, Síndone y Sudario presentes en el sepulcro de Jesús en la Síndone de Turín, en La Síndone de Turín, Centro Español de Sindonología, Valencia 1998, pp. 61-84; Manuel Solé, S.J., La Sábana Santa de Turín. Su autenticidad y trascendencia, Mensajero, Bilbao 21986, pp. 367-371, 407-413.

[11] Siguiendo la traducción de Luis García García, «keímena» puede ser traducido por «colocados», o más bien por «yacen puestos» (ver Luis García García, ob. cit., p. 67).

[12] Ver José María Bover y José O’Callaghan, Nuevo Testamento trilingüe, BAC, Madrid 1985, pp. 605-606.

[13] Juan Pablo II, Homilía en la Misa solemne en el atrio de la Catedral de Turín, 13­­/4/­1980, 6. El subrayado es nuestro.

[14] Juan Pablo II, Discurso durante la celebración de la Palabra en la Catedral de Turín ante la Sábana Santa, 24/5/­1998, 1.

[15] Ver Orazio Petrosillo, In Front of the Shroud: Neither Iconoclasts Nor Fundamentalists, en http://www.shroud.com/collega8.htm#top, 22/6/2003.

[16] Juan Pablo II, Discurso durante la celebración de la Palabra en la Catedral de Turín ante la Sábana Santa, 24/5/­1998, 1.

[17] Catecismo de la Iglesia Católica, 158.

[18] Juan Pablo II, Fides et ratio, 67.

[19] «Las disciplinas teológicas han de enseñarse a la luz de la fe y bajo la guía del magisterio de la Iglesia, de modo que los alumnos deduzcan cuidadosamente la doctrina católica de la divina Revelación, penetren en ella profundamente, la conviertan en alimento de la propia vida espiritual y puedan… anunciarla, exponerla y defenderla» (Optatam totius, 16).

[20] Juan Pablo II, Discurso durante la celebración de la Palabra en la Catedral de Turín ante la Sábana Santa, 24­­/5/­1998, 5.

[21] Juan Pablo II, Homilía en la Misa solemne en el atrio de la Catedral de Turín, 13­­/4/­1980, 6.