menu close menu

La Sábana Santa: Una mirada desde la ciencia

Bruno Barberis

Entrevista a a Bruno Barberis, Director Científico del Centro Internacional de Sindonología de Turín


 

El Dr. Bruno Barberis, Profesor asociado de física matemática de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Turín, comenzó a estudiar la Sábana Santa desde el punto de vista científico el año 1975. Desde entonces su vinculación con el Manto de Turín ha sido cada vez más estrecha. De 1988 al 2002 fue Presidente de la Confraternidad del Santo Sudario y del Centro Internacional de Sindonología de Turín, asumiendo entonces la dirección científica de este último. Desde 1991 es asimismo miembro de la Comisión para la Conservación de la Síndone. Ha colaborado, además, en las ostensiones de 1978, 1998, 2000 y 2010. Autor de muchos artículos y libros sobre el tema, ha dictado más de 1700 conferencias sobre la Sábana Santa, tanto en Italia como en diversas partes del mundo. El año 2003 fue condecorado por la Ciudad de Turín con el Premio San Giovanni por su actividad de divulgar la cultura turinesa en Italia y el exterior. Actualmente es Director del Centro de Sindonología de Turín.

Con ocasión del II Congreso Internacional sobre la Sábana Santa que se realizó en Lima, del 31 de agosto al 3 de septiembre del 2010, en una entrevista concedida a la Revista Vida y Espiritualidad, Barberis presenta una visión panorámica de los distintos aspectos de la Sábana Santa. En sus palabras, que traslucen su propio testimonio personal, se descubre un gran rigor científico unido al convencimiento de que ciencia y fe se dan la mano en el conocimiento de la verdad.

La Sábana Santa de Turín es una de las piezas arqueológicas más estudiadas de la historia. ¿Por qué cree usted que suscita tanto interés y qué tipos de análisis se le han efectuado?

La Síndone suscita mucho interés ante todo porque es única. No existe otro lienzo en el mundo con una imagen semejante. Hay manchas de sangre también en otras telas, tejidos antiguos existen muchos, incluso bastante más antiguos que la Sábana Santa, pero la imagen impresa en ella es una característica verdaderamente única. Además no se puede negar que su relación con Jesucristo la hace particularmente importante y famosa. Con certeza, si fuera el lienzo funerario de cualquier otro personaje célebre de la antigüedad, no tendría la misma relevancia.

Se le han realizado muchos análisis. De hecho puede ser definida como el objeto más estudiado del mundo. Se empezó hace unos cien años con la fotografía. Pero en la medida en que las ciencias comenzaron a interesarse en ella, se sumaron estudios de varios tipos: tomas de muestras de tejido, análisis sobre las manchas de sangre con técnicas modernas, exámenes con instrumentos para entender la composición química en las diversas partes del lienzo —donde hay sangre, donde se encuentra la imagen, donde hay sangre cerca de la imagen, donde se sitúan las quemaduras producto de los incendios, donde existe solamente tejido—, investigaciones realizadas también con la ayuda de la informática, escaneos de la imagen y su estudio, etc. Son investigaciones que conciernen a las ciencias más diversas, desde la historia a la exégesis —disciplinas que no necesitan exámenes directos—, pasando por la fotografía, la medicina legal, la química, la física, la biología, la informática, y podríamos seguir enumerando muchos otros campos.

Una de las características principales del estudio del Manto de Turín es, pues, su interdisciplinariedad. Es probablemente el objeto al que han contribuido más sectores, incluso muy distantes entre sí. Esto la hace no sólo muy interesante, sino también muy moderna. Desde este punto de vista, el estudio de la Sábana Santa obliga a ciencias incluso muy lejanas entre sí a tratar de encontrar unos resultados que puedan ser confrontados. Y no siempre los resultados obtenidos son coherentes —pueden ser también distintos entre sí—, y entonces se trata de ver por qué ciencias diversas han llevado a resultados diversos. Es lo que se ha estado haciendo en estos últimos treinta años, y lo que se continuará haciendo en el futuro.

Las nuevas tecnologías y el desarrollo de la ciencia hacen hoy posible una serie de descubrimientos que unos años atrás eran impensables. ¿Cuáles son los resultados más importantes a los que se ha llegado últimamente en el estudio de la Síndone?

Sin duda el estudio más importante en los últimos años ha sido el que realizó en 1978 un equipo de más de 40 estudiosos provenientes de varias naciones, sobre todo científicos estadounidenses del STURP (Shroud of Turin Research Project). Fue el primer estudio verdaderamente interdisciplinario, hecho con herramientas de última generación. Se necesitaron varios años para que salieran los primeros resultados, que aparecieron entre 1980 y 1985 más o menos. Estos estudios dieron un desarrollo nuevo a los conocimientos de la Sábana Santa, sobre todo en lo que se refiere a las características de la imagen y de las manchas de sangre. Desde aquel momento sabemos mucho más al respecto. Pero los estudios del STURP concluyeron con una publicación que presentaba casi cien preguntas nacidas de las investigaciones realizadas. Esto es normal en el mundo científico: comprender algo nuevo significa darse cuenta entre tanto de que no entendemos muchas otras cosas, y entonces ello representa un punto de partida para futuros estudios.

Otro sector de investigaciones nuevas ha sido el de la datación con el radiocarbono. Ésta se realizó recién en 1988 porque en las décadas precedentes no era posible, dado que habría sido necesario destruir para ello una excesivamente amplia cantidad de tejido, pues se trata de un examen destructivo. Pero la aparición del método de datación con el así llamado AMS (Accelerator Mass Spectrometry) —es decir, la espectrometría de masas con la ayuda de un acelerador de partículas— ha permitido reducir notablemente la cantidad de tejido a utilizar, y ello hizo posible realizar exámenes destruyendo una cantidad pequeña del lienzo, alrededor de cuatro centímetros cuadrados.

Otro campo nuevo es el de la informática. La posibilidad de estudiar con analizadores cada vez más potentes y detallados la imagen ha permitido —y estoy seguro de que permitirá aún más en el futuro— hacer mucho más de lo que la fotografía normal había podido hacer, es decir entender otros tipos de características de esta imagen, como por ejemplo —la más notable— la tridimensionalidad típica de la imagen de la Síndone.

En lo que concierne al futuro, es difícil decir con certeza qué se podrá hacer, qué equipos podrán ser utilizados, porque cada mes aparecen novedades, pero sin duda los sectores en que se desarrollará la investigación en el futuro próximo serán la química, la física, la biología y la informática.

Usted es el Director Científico del Centro Internacional de Sindonología. ¿Qué papel le corresponde a este Centro? ¿Cuál es específicamente su función en él y cómo entró usted en contacto con la Sábana Santa?

El Centro Internacional de Sindonología nació hace unos 80 años con otro nombre, y tomó su denominación actual en 1959, cuando fue oficialmente fundado por el entonces arzobispo de Turín, el Cardenal Maurilio Fossati. El papel del Centro es coordinar, a nivel no sólo italiano sino mundial, tanto los estudios y las investigaciones como la difusión de la Sábana Santa. Son dos aspectos que estimo complementarios, sin que uno sea más o menos importante que el otro.

Mi tarea en este Centro es dirigir y coordinar el trabajo. Siendo yo un físico matemático, no tengo experiencia directa en sectores que son fronterizos en la investigación sobre la Síndone, como la física experimental, la química o la biología. Mi rol es coordinar, evaluar las propuestas de estudios e investigaciones provenientes de Italia o del exterior.

Mi primer contacto con el Manto de Turín fue muy casual. Se remonta a los años inmediatamente posteriores a mi licenciatura, es decir entre 1975 y 1977, cuando tuve la suerte de encontrar en el departamento en el que trabajaba al entonces Director del Centro de Sindonología, el profesor Tino Zeuli, quien me aconsejó ocuparme de la Sábana Santa y me hizo entrar poco a poco en este mundo tan fascinante, del cual garantizo que, una vez que uno ingresa, no puede salir, se queda allí hasta la muerte.

¿Qué objeciones son las más serias que se pueden hacer para impugnar la autenticidad de la Sábana Santa? ¿Frente a qué dificultades nos encontramos y qué sustento científico tienen?

Probablemente la objeción más antigua a la autenticidad de la Síndone sea de carácter exegético, ya que ninguno de los cuatro Evangelios hace mención de una imagen marcada en el lienzo que envolvió a Jesús. Teniendo en cuenta que los Evangelios fueron escritos pocos años después de la muerte y resurrección de Cristo, muchos estudiosos se preguntaron cómo era posible que no exista ninguna referencia a una imagen como la que ahora vemos. La respuesta dada por otros estudiosos es que, en primer lugar, la presencia de una imagen estaba fuera de la mentalidad judía de la época. Por otro lado, no se puede afirmar que la imagen haya aparecido de manera evidente inmediatamente, que no haya necesitado cierto tiempo para formarse y ser visible. Y ya que nosotros tampoco sabemos de manera exacta cómo se ha formado, no somos capaces de establecer en cuánto tiempo se volvió clara y patente. Cuando seamos —si es que en algún momento lo somos— capaces de decir cómo se formó la imagen, entonces podremos dar una respuesta al respecto.

Otra objeción, más reciente, es la datación del tejido con el método del radiocarbono, que dio una fecha medieval —entre los años 1260 y 1390—, tan lejana de la época de Jesús que, en caso de confirmarse, sería una prueba clara de que la Sábana Santa no tiene nada que ver con la vicisitud histórica de Jesucristo. Sobre este tema se ha discutido muchísimo a lo largo de los últimos años. En primer lugar, sobre la pésima condición en que se efectuó toda la operación, con graves irregularidades y superficialidad, sea en la fase de preparación de la datación, sea en el período entre la toma de la muestra del tejido a ser quemado para poderlo fechar y el momento en que se comunicó los resultados, sea en estos últimos 22 años que nos separan de la datación. Ya en aquel entonces se sabía que los tejidos son en general los objetos más complicados de datar, por ser los más sensibles a distintos tipos de contaminación —biológica y química—, y esto lo demuestra no sólo la datación de la Sábana Santa sino la utilización del Carbono 14 en tejidos de interés arqueológico, en varios casos y eventos. Después se descubrió, además, que el lugar del que se había tomado la muestra no era con certeza el más apto, ya que se encontraba cerca de una zona extremadamente contaminada, probablemente —si bien esto tendrá que ser confirmado— donde se había realizado una restauración en una época indeterminada pero obviamente posterior a la fecha en que se tejió el lienzo de la Síndone. Todo esto hace que la datación de 1988 no sea atendible, no porque el método no funcione —el método funciona, aunque es aproximado—, sino porque el objeto tiene unas características tales que hacen que una datación hecha en un único lugar no sea fidedigna. Éste es otro de los temas que requerirán estudios y desarrollos futuros.

¿Y existen otras posibles objeciones?

En mi opinión no existen otras objeciones serias. Los estudios efectuados en distintos sectores, como dije antes, son todos coherentes, es decir todos dan como conclusión que este lienzo es compatible con un tejido antiguo de por lo menos dos mil años. Todavía no se conoce la manera como se formó la imagen, y sin embargo todos los intentos por reproducirla han fracasado, dando unos resultados muy distintos del original. Además hay una perfecta coincidencia con cuanto relatan los Evangelios sobre la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, una correspondencia perfecta que no puede estimarse casual. Es imposible que por casualidad se diera toda esta serie de hechos que conducen a una perfecta superposición de la descripción evangélica de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús con la imagen del Manto de Turín. Todo esto nos hace ver que las otras objeciones —porque hay en verdad muchas otras— no son en modo alguno objeciones serias. Las únicas dos serias a las cuales se puede responder —alguien podría decir que sólo parcialmente, pero se puede responder— son las dos que ya he explicado.

Aunque ya se han advertido los graves errores científicos que se cometieron al realizar la prueba, los resultados del Carbono 14 han suscitado un gran debate y han sembrado desconcierto en muchas personas…

Naturalmente, pero no sólo porque daba un resultado contradictorio con lo que se tenía hasta entonces —esto es más o menos normal en los estudios científicos; no existe ningún sector de las ciencias en el que, a lo largo de los estudios efectuados, no se hayan encontrado resultados discordantes que han provocado extensos debates—, sino porque con la Sábana Santa en aquella ocasión el asunto fue más grave, ya que el resultado —que es un dato científico y que en consecuencia tiene que ser tomado como tal— fue interpretado y muchas veces instrumentalizado, especialmente por los medios de comunicación social pero también por algunas personas individuales, presentándolo como una prueba definitiva e inapelable de la falsedad de la Síndone, yendo mucho más allá del valor intrínseco de dicho resultado, y olvidando voluntariamente todos los otros resultados que eran favorables a su autenticidad.

Ésta fue una auténtica operación mediática y, obviamente, provocó desconcierto, porque para la mayoría de la gente leer un titular como «La Sábana Santa es falsa» o «La Síndone es de la época medieval» equivale a tener una respuesta cierta y absoluta. No todos investigan qué hay detrás, el porqué, los detalles más refinados, las dudas, las opiniones contrarias, sino que leen simplemente el titular y lo asumen de modo inapelable. Esto se dio de alguna manera en todo el mundo, pero sobre todo en los países de lengua y cultura anglosajona.

Lamentablemente esta operación, que considero incorrecta, ha requerido mucho tiempo para ser en parte recuperada. Creo que hoy también en la mayor parte del mundo quienes abordan este problema llegan a conocer no sólo lo que se ha dicho como afirmación absoluta respecto de la no autenticidad de la Síndone, sino también las opiniones contrarias, estando así en condición de comparar los resultados y de darse cuenta de que se trata aún de un tema abierto. Todavía no sabemos cuál es la fecha de elaboración del tejido.

Otra cosa que nunca se puso en evidencia es que se trata de un tejido con una imagen. Fechar el tejido es algo fundamental —cosa que se hará de nuevo apenas se disponga de métodos más confiables—, pero la imagen no puede ser olvidada. Por esto la datación del tejido tiene que ser también comparada con la posibilidad de la existencia de una imagen en un tejido datado en una determinada época histórica. Nadie en aquel momento puso en evidencia que justificar una imagen de este género en un tejido medieval era un problema mucho más difícil de solucionar que hacerlo en un tejido de hace dos mil años, primero por el hecho de que la crucifixión en la época medieval era absolutamente desconocida, y nadie sabía —pues no se habían efectuado estudios históricos serios— cómo se crucificaba en el pasado, sobre todo en la época romana, y esto no podía no ser tenido en consideración. Cuando los periodistas entrevistaron a algunos de los responsables de los laboratorios que fecharon el Manto de Turín con el Carbono 14 y les preguntaron por la imagen, éstos respondieron: «Nosotros teníamos la tarea de fechar el tejido. La imagen no nos interesa. Que sobre el tejido haya la huella de un hombre o de un animal, eso no tiene que ver con nosotros, porque el tejido es el único tema de nuestra investigación». Ésta me parece una manera un poco ciega de enfrentar los problemas. Es como si un físico quisiera estudiar su campo sin ocuparse de los aspectos químicos. Ello no es posible. No puedo examinar un asunto rehusándome a ver lo que concierne a ello pero que no corresponde perfectamente al ámbito en el que estoy trabajando. De lo contrario estoy en riesgo no sólo de estudiarlo de manera parcial, sino también de llegar a conclusiones completamente equivocadas.

Pareciera entonces que algunas de estas objeciones, más que basarse en la ciencia o en datos objetivos, tienen un trasfondo ideológico…

Si las objeciones son presentadas de modo serio, no deberían tener nunca una base ideológica. Si la tienen, en cambio, es porque no son objeciones científicas, sino algo distinto. Con frecuencia me he topado con personas con ideas opuestas, que piensan de manera distinta sobre la autenticidad de la Sábana Santa. Cuando han sido verdaderos científicos, he tenido conversaciones muy interesantes, al final de las cuales probablemente cada uno ha permanecido con su propia idea, pero en las que hemos puesto sobre la mesa nuestros argumentos con una justa lógica, generando un debate entre opiniones diversas. Pero cuando uno tropieza con personas que instrumentalizan estos resultados científicos desde el punto de vista ideológico, el diálogo se torna imposible, pues nos encontramos frente a afirmaciones carentes de sentido que están orientadas a demostrar una idea preconcebida: «¡Hay que demostrar a toda costa que la Síndone es falsa!». Queda claro que así es imposible entablar un diálogo serio. Esto vale también para quien hace la afirmación opuesta: «¡Tengo que sostener a toda costa que la Sábana Santa es la prueba científica de la Resurrección!». No es éste un modo científico de obrar, de discutir.

Espero que en el futuro las cosas cambien en la línea de lo que propuso el Papa Juan Pablo II cuando veneró el Santo Sudario el 24 de mayo de 1998, pidiendo a los científicos que enfrentaran de manera seria y objetiva los estudios, sin partir de ideas e ideologías preconcebidas, porque si no, está minada en su fundamento la cientificidad de los estudios y de las investigaciones: «Ante todo, [la Síndone] exige de cada hombre, en particular del investigador, un esfuerzo para captar con humildad el mensaje profundo que transmite a su razón y a su vida. La fascinación misteriosa que ejerce la Sábana Santa impulsa a formular preguntas sobre la relación entre ese lienzo sagrado y los hechos de la historia de Jesús. Dado que no se trata de una materia de fe, la Iglesia no tiene competencia específica para pronunciarse sobre esas cuestiones. Encomienda a los científicos la tarea de continuar investigando para encontrar respuestas adecuadas a los interrogantes relacionados con este lienzo que, según la tradición, envolvió el cuerpo de nuestro Redentor cuando fue depuesto de la Cruz. La Iglesia los exhorta a afrontar el estudio de la Sábana Santa sin actitudes preconcebidas, que den por descontado resultados que no son tales; los invita a actuar con libertad interior y respeto solícito, tanto en lo que respecta a la metodología científica como a la sensibilidad de los creyentes».

Como usted mencionaba, quizá el elemento más importante en la investigación sobre el Manto de Turín sea la forma en que quedó impresa la imagen. Muchos han intentado explicarla e incluso reproducirla, pero no han podido, ni siquiera con los adelantos tecnológicos de nuestro tiempo. ¿Qué teorías sobre la formación de la imagen se han elaborado?

Existen varias teorías, porque es normal que cuando un argumento no se logra explicar, aumenten notablemente los intentos por hacerlo. Y esto es correcto, está bien. Las primeras teorías se remontan a hace más de cien años, y suponían que sustancias presentes en el cadáver y vaporizadas en un ambiente carente de movimientos de aire —vaporizadas por tanto en dirección perpendicular a la superficie del cuerpo— entraron en contacto con otras sustancias presentes sobre la tela y produjeron las reacciones químicas capaces de colorear las fibras superficiales del tejido. Pero luego los estudiosos se dieron cuenta de que estas sustancias biológicas, que debían contener amoníaco, se encontraban en una cantidad insuficiente como para generar una imagen de este género. Se hicieron muchos experimentos que, partiendo de estas hipótesis, con algunas modificaciones, trataron de obtener de alguna manera logros experimentales significativos, pero con resultados poco satisfactorios. Hay que tener presente que cualquier hipótesis hecha sobre la formación de la imagen, para ser una hipótesis seria, debe tener obligatoriamente la posibilidad de ser verificada experimentalmente, es decir, de obtener una imagen que pueda ser comparada con la de la Sábana Santa. Si no permite esta verificación experimental, es una teoría carente de valor.

Otros pensaron que se podría tratar más bien de una obra hecha a mano, es decir de una imagen realizada por un artista con una técnica entre las muchas que el hombre conoce: la pintura, el calor, la luz, etc. Y aquí también se han hecho muchos experimentos, tomando, por ejemplo, bajorrelieves metálicos, calentándolos, y luego poniendo encima una tela de modo tal que el calor queme las fibras superficiales y genere una impronta. Otros han usado en cambio técnicas de tipo pictórico, con sustancias variadas, como el ocre u otros colorantes.

Hay quienes han sugerido que ha sido algún tipo de radiación la que ha provocado la imagen. Alguno ha pensado en una radiación luminosa, es decir visible; por esto ha utilizado fuentes luminosas y sustancias sensibles a la luz puestas sobre la tela, de manera que se dieran reacciones químicas, gracias a la radiación que actúa como una catalizadora, en las sustancias presentes sobre la tela. Otros han estimado que podría tratarse de una radiación distinta, y han pensado, por ejemplo, en radiaciones de tipo nuclear. Otros, en tiempos más recientes, han utilizado láseres, que pueden emitir rayos de luz perfectamente coincidentes y paralelos, y con ello tienen una mayor posibilidad de generar improntas con características parecidas a las de la Sábana Santa.

Como se puede ver, existen muchas hipótesis. El problema es qué resultados han dado. Y si bien de alguna manera han generado una impronta o huella, al momento en que las comparamos con la imagen de la Síndone, encontramos que una, dos o más características no coinciden. Algunas sí, pero las otras no. Entonces tenemos que concluir que dichas hipótesis, si bien pueden ser interesantes, no son suficientes para explicarnos cómo se ha formado la imagen.

Algunos obviamente hablan de un fenómeno vinculado a la resurrección de Cristo. Ésta también es una hipótesis interesante. Pero la resurrección de Cristo no es un evento científico, porque para ello tendría que ser natural, es decir tendría que acontecer en la naturaleza en uno de los muchísimos fenómenos que caracterizan el mundo que nos circunda, no sólo el cercano —la Tierra que habitamos—, sino también el lejano —las galaxias, por ejemplo, o los planetas que componen este enorme universo en que vivimos—. El hombre ha aprendido a conocer estos eventos, y si bien no puede reproducirlos todos en el laboratorio —las reacciones como las que acontecen en el Sol obviamente no son reproducibles en el laboratorio— sí somos capaces de estudiarlas, comprenderlas y explicarlas con las leyes que hemos inventado para ello —las leyes de la química, de la física, de la mineralogía, de la biología, etc.—. Pero un fenómeno como la resurrección de un ser viviente es un fenómeno que no acontece en la naturaleza, que ningún hombre ha podido ver y describir, y mucho menos reproducir en el laboratorio. Por tanto, las hipótesis que parten de este supuesto y después tratan de describirlo físicamente a través de radiaciones o de producciones de energía de distinto género, nunca serán verificables y, si falta la verificabilidad, no puedo dar un juicio sobre ellas, ni positivo ni negativo, porque escapa al único modo de control que tengo que es el del experimento.

Está claro que si en el 2010, época en la que la ciencia ha alcanzado grandes logros, esta misma ciencia —capaz de comprender, explicar e incluso prever fenómenos complejos— no ha sido capaz de entender aún cómo se formó la imagen en el lienzo, podría tratarse de un fenómeno no natural, sino más bien sobrenatural. Obviamente cada uno es libre de aceptar esta hipótesis o no —también hay otros elementos que invitan a considerarla—, pero no es una conclusión científica.

¿Y qué características tiene la imagen de la Sábana Santa que son incompatibles con estas teorías?

La imagen de la Síndone, ante todo, es una impronta que no se debe a colorantes, es decir a sustancias externas, ajenas, que se han depositado sobre la tela, como en cambio ha pasado con las manchas de sangre. En el caso de las manchas de sangre sí se pueden encontrar de manera clara sustancias, partículas, que de hecho han sido estudiadas y corresponden a sangre humana del grupo AB. En el caso de la imagen, en cambio, no es así. Los primeros que entendieron esto fueron justamente los estadounidenses del STURP en 1978, que buscaron de todas las formas posibles encontrar esas posibles sustancias —colorantes, pigmentos, elementos químicos, etc.—, pero no lo lograron.

Observaron, por otro lado, cómo el color más oscuro que caracteriza las zonas donde se encuentra la imagen se debe a una especie de “deshidratación” y “oxidación” de la celulosa de las fibras superficiales del tejido. La llamaron de este modo no porque estén seguros de que se trate de una oxidación, de que sea el oxígeno el autor, sino porque el efecto se parece al de una oxidación. Pero es sólo superficial, es decir afecta únicamente a las fibras del exterior. Cada hilo de un tejido cualquiera está formado por un cierto número de fibras. En el caso de la Síndone son más de cien, de pequeñísima dimensión —una fibra mide unos 20 micrómetros, es decir dos centésimas de milímetro—. Ahora bien, sólo los estratos superficiales de las fibras han sido afectados por este fenómeno. Si analizamos las fibras que están debajo de las superficiales, las encontramos blancas, totalmente carentes de color. Y justamente por esta razón el reverso del Manto —que pudimos ver de manera clara por primera vez desde la época del incendio de Chamberry, en el siglo XVI, recién en el año 2002, cuando se realizó la última operación de mejoría para la conservación de la Síndone y se sacó la tela que hacía de soporte en la parte posterior— no tiene imagen, en ella la impronta no aparece. Era lógico pensarlo, porque si ya se había entendido que era tan sutil la imagen, era obvio que no había podido pasar detrás.

Estas características son sin duda importantes, pero hay otras. Por ejemplo, la huella no es fluorescente, posee típicas características tridimensionales, evidenciadas por la digitalización de una fotografía de la Síndone efectuada con instrumentos modernos de los laboratorios de imágenes, debido a una distribución de la luminosidad de esta impronta que, por lo que aparece, es inversamente proporcional a la distancia entre la tela y el cuerpo que generó la impronta.

Lo interesante es que todas estas características no se encuentran, juntas, en los diferentes experimentos que se han hecho partiendo de las hipótesis de las que hablábamos hace un momento. En algunos casos hay una o dos, pero faltan las demás. Y esto nos hace pensar justamente —y esta vez no sólo partiendo de una observación superficial, sino de un análisis muy profundo y detallado— que nos encontramos ante una imagen que es realmente un caso único. El día en el que a través de cualquier proceso —no sé si alguna vez suceda, pero naturalmente no podemos excluirlo— logremos reproducir todas estas características, sin excluir ninguna, habremos entendido cómo se formó la imagen. Pero por el momento, no ha acontecido todavía.

En el epígrafe de su reciente libro sobre la Sábana Santa Il “caso Sindone” non è chiuso, se lee: «La Síndone no teme el examen. Sólo teme no ser examinada». ¿Qué quiere expresar con estas palabras?

Naturalmente es una frase un poco provocadora. «No ser examinada» significa partir de la hipótesis de que es o no es auténtica, y concluir de allí que no hay por qué continuar con las investigaciones. Es obvio que no es verdad que no haya sido examinada —acabamos de decir que es el objeto más estudiado en el mundo—, pero debe continuar siendo examinada, no podemos detenernos. ¿Por qué? Porque esto forma parte de la naturaleza humana. Una de las características más preciosas que posee el hombre es la curiosidad. Si el ser humano no tuviera esa sed de querer saber siempre más, estaríamos todavía en la edad de piedra. Si hemos progresado de manera tan evidente es porque el hombre, apenas aprende algo nuevo, necesita ir más allá, no se contenta nunca con lo que ha adquirido. Esto tiene que darse también con respecto a la Sábana Santa, es decir no hay que detenerse por ninguna razón. Más de una vez he escuchado: «No tiene sentido que prosigan en los estudios, es una imagen sobrenatural, es inútil estudiarla». No. Como científico no puedo partir de este concepto y detener mi investigación, debo continuar estudiándola.

Pero tampoco hay que pensar que no vale la pena examinarla porque hemos llegado ya a ciertas conclusiones, del todo subjetivas, de las cuales ya no queremos movernos. No. Un científico honesto y correcto debe poseer una notable elasticidad mental, y tiene que estar abierto a cualquier dato nuevo. Si he pasado mi vida entera —y esto ha sucedido en muchos campos— estudiando un fenómeno y he llegado a una conclusión que considero absolutamente cierta, pero mañana se descubre un dato que pone en duda mis conclusiones o hasta las derrumba, tengo que estar dispuesto a aceptarlo, porque esto forma parte de la historia de la ciencia. ¿Cuántas teorías científicas —y no sólo en el pasado lejano, sino también en el reciente— nos parecían absolutamente ciertas y colapsaron frente a nuevos descubrimientos? Tenemos que estar dispuestos a hacer lo mismo en el caso de la Sábana Santa: continuar examinándola.

Obviamente estos estudios deben ser hechos con el respeto que merece un objeto único. Ésta es otra de las recomendaciones que el Papa Juan Pablo II formuló de manera clara: necesitamos un respeto por el método científico, es decir, seguir el estudio de modo honesto y abierto, pero también un respeto hacia la sensibilidad de los creyentes. Si la tradición antigua y una gran parte de los resultados científicos logrados hasta ahora nos hacen pensar que muy probablemente se trate del lienzo funerario de Jesús de Nazaret, nos encontramos ante un objeto que tiene una importancia enorme no sólo para la ciencia, sino también para la fe de cientos de millones de personas. Entonces no podemos pensar en usarlo como una muestra de laboratorio, cortarlo, destruirlo, o provocarle daños con la única finalidad de estudiarlo. Se necesita un equilibrio entre la fundamental necesidad de seguir con los estudios y el respeto hacia un objeto único en el mundo.

Dada la conjunción de datos que las diferentes disciplinas científicas nos aportan y su coincidencia con lo que nos relatan los Evangelios, ¿qué grado de probabilidad existe de que la Síndone no sea el lienzo que envolvió a Jesús en el sepulcro?

Para efectuar una evaluación que no sea subjetiva sino objetiva, es decir dictada por datos concretos, contamos con muchos métodos. Conocemos bien la Sábana Santa porque por suerte está ahí, la tenemos en frente, la podemos estudiar siempre mejor, y podemos compararla con todo lo que conocemos sobre la historia de Jesús. De la historia de Jesús no es que tengamos una filmación, un video analítico o un examen químico-físico hecho inmediatamente después de la resurrección, pero contamos con la narración de los cuatro Evangelios canónicos, más —si queremos— algunas escenas de los evangelios apócrifos, y estos datos son suficientes para poder efectuar un paralelo significativo, que se puede hacer tomando en consideración los elementos similares que vemos en la Síndone y que leemos en los Evangelios. Y no son pocos estos elementos; menciono algunos: el que haya sido crucificado, la utilización de clavos, el haber sido flagelado, que en su cabeza haya sido puesto un objeto que ha causado unas heridas muy pequeñas y que por esto parecen ser provocadas por espinas u objetos similares, el haber sido herido en el costado después de la muerte, el que no tenga las piernas rotas como acontecía a muchos crucificados, el que haya sido envuelto en una tela funeraria después de la muerte pero sin que fueran ejecutadas las operaciones normales de una sepultura —es decir, el lavado y secamiento del cadáver y su unción con aromas preciosos y perfumados—, y el haber permanecido en esta tela por un número de horas no superior a las 40 ó 50, ya que no se ven signos de descomposición. Todos estos hechos son obviamente legibles en la imagen del Manto de Turín, y también perfectamente coherentes con la descripción de los Evangelios.

Ya que por el momento la hipótesis más probable es que haya sido un cadáver humano el que generó esta impronta —el día en que alguien demuestre que se puede obtener con otro método entonces deberá tomarse en cuenta también esa hipótesis, pero hasta ahora los resultados obtenidos no permiten considerar otras hipótesis mejores que ésta—, nos podemos preguntar cuál es la probabilidad de que sea la impronta de uno de los muchos crucificados de la historia. Son muchos, no sabemos cuántos, porque no existe un registro de todas las crucifixiones, pero si queremos exagerar podemos calcularlos en un millón a lo largo de un período de poco más de mil años. Fueron los asirios los que comenzaron con la crucifixión más o menos en el siglo VII a.C., y ésta se prolongó hasta el siglo V-VI d.C., ya que después de la conclusión de las crucifixiones romanas —gracias a las leyes que siguieron al edicto de Constantino del 313— parece que los persas siguieron crucificando, si bien no con mucha amplitud. Sea como sea podemos calcular en un millón, como decíamos, el número de crucificados. Entonces nos podemos preguntar si cada una de las características comunes al hombre de la Síndone —la imagen que vemos en la tela— y a Jesús de Nazaret —la descripción que leemos en los Evangelios— pudo haber pertenecido a otro de los muchos crucificados de la historia. Y mientras para algunas características —como la flagelación— la probabilidad es muy alta, para otras es muy baja, casi nula: por ejemplo, el casco de espinas en la cabeza, que es el único caso en la historia que conocemos; o la herida en el tórax hecha después de la muerte; o la permanencia en el lienzo limitada a unas pocas decenas de horas. Se trata de hechos fuera de lo común y que no son coherentes con las reglas normales de comportamiento y de crucifixión. Está claro que no podemos tener una seguridad absoluta sobre el hecho de que ningún crucificado haya sido nunca coronado con espinas, pero podemos afirmar, sobre el fundamento de las descripciones que poseemos, que ya que no hay ninguna referencia a un caso como éste, la consideramos muy poco probable. Dando un valor de probabilidad a todos estos eventos, y buscando luego cuál es la probabilidad global, es decir aquella en la cual están incluidos todos los eventos al mismo tiempo en el mismo objeto, se encuentra una probabilidad de 1 sobre 200 mil millones, es decir prácticamente cero. Por esto podemos decir que es prácticamente nula la probabilidad de que todas estas características hayan coexistido contemporáneamente en otro crucificado de la historia. Dicho de otra manera, la probabilidad de que los dos crucificados que la poseen —el de la Sábana Santa y Jesús de Nazaret— sean la misma persona, es altísima.

Recientemente el Papa Benedicto XVI ha impulsado una nueva ostensión de la Síndone y, en mayo pasado, él mismo ha ido a visitarla para rezar frente a ella. ¿Qué significado tiene esta visita del Santo Padre y qué mensaje le ha dado a la Iglesia?

Ciertamente no ha sido ésta la primera visita de un Papa al Santo Sudario. Muchos han sido a lo largo de la historia los Pontífices que han podido o querido ver la Sábana Santa y que han intervenido hablando sobre ella. Pero en particular los últimos Santos Padres —todos los del siglo pasado hasta hoy día— nos han dejado un mensaje sobre ella. Esto no significa de ningún modo que la Iglesia haya dado una valoración absoluta de la Síndone —no me refiero a una definición dogmática, sino ni siquiera a una afirmación de certeza—, porque la Iglesia ha señalado siempre, justamente, y lo ha repetido en particular Juan Pablo II, que no es su tarea sustituir a la ciencia. La tarea de la Iglesia es otra. Limitándonos a las últimas décadas —dejamos de lado las posiciones tomadas en los siglos pasados, en los que el Manto de Turín no era todavía objeto de estudios científicos, porque habría que leerlas en las perspectivas de la época—, cuando es evidente que la Síndone es un objeto de estudio, que posee una imagen que la ciencia puede tratar de entender y describir, la Iglesia siempre se ha puesto lógicamente en una posición distinta. Es tarea de los científicos guiar a la ciencia.

¿Qué le corresponde entonces a la Iglesia? A ella le corresponde valorar un objeto, una imagen sobre todo, porque el lienzo tiene una importancia enorme, aunque sin duda secundaria respecto a lo que dice la imagen. Si la Sábana Santa fuera un lienzo sin imagen, a la Iglesia le interesaría muy poco; alguien podría incluso afirmar que la Síndone es el lienzo que envolvió a Cristo, pero si tengo un lienzo en blanco, no tengo posibilidad de demostrarlo o de considerarlo por lo menos plausible. Pero la imagen está ahí, y éste es el hecho fundamental que vuelve única a la Sábana Santa. Esta imagen hace referencia de modo único y con tanta precisión a la Pasión de Cristo que me hace considerar muy probable esta identificación.

Llegados a este punto, es claro que el objeto se vuelve importante para la Iglesia. ¿Por qué? Porque es un instrumento que puede ayudar a los fieles —a todos los fieles: los cercanos, los tibios, los lejanos, los de hace siglos, pero aún más a los de la época actual, justamente porque el hombre de hoy está mucho más acostumbrado a leer las imágenes de lo que estaba el hombre de hace sólo cien años—, puede ayudarlos, digo, al conocimiento, a la meditación y a la reflexión sobre el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús.

Esto no quiere decir que el Manto de Turín pueda sustituir a los Evangelios, de ninguna manera, pero puede representar una ayuda extremadamente concreta y, digámoslo así, humana. Estamos hechos de materia, tenemos algunos canales para relacionarnos con el mundo que nos circunda que son nuestros sentidos, necesitamos ver, tocar, sentir, concretizar nuestros conocimientos. Claro que hemos aprendido también, sobre todo en la época moderna, a razonar de manera abstracta, pero si hay algo material que nos ayude a entender los conceptos abstractos que caracterizan nuestra vida, sobre todo nuestra vida de fe, es algo valioso. Sólo por dar un ejemplo, los sacramentos tienen justamente ese rol. No habría necesidad de gestos materiales en los sacramentos si no fueran un instrumento que nos ayuda a entender el significado teológico, litúrgico y misterioso del mismo sacramento. La Sábana Santa puede tener una función análoga: ayudar al fiel a leer y a ver en imágenes lo que los Evangelios relatan, sin duda de manera clara, evidente y exhaustiva, pero no de forma tan inmediata como puede hacerlo una imagen. En este sentido la Síndone es un tesoro precioso de la Iglesia.

Cuando escucho decir, por ejemplo en algunos ambientes protestantes italianos, que nosotros los católicos somos adoradores del Manto de Turín, adoradores de imágenes, me da risa. Nunca nadie ha adorado la Sábana Santa. Nosotros adoramos a Cristo. Ni siquiera adoramos la Biblia. A diferencia de lo que significan otros textos sagrados para algunas religiones —como por ejemplo el Corán para los musulmanes— el cristianismo no es una “religión del Libro”. Así pues, salvando las distancias, si bien la Síndone, como es claro, no forma parte de la Revelación, es también un medio valioso que nos ayuda a comprender el misterio de la Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. En este sentido es algo precioso. He aquí por qué los Pontífices han considerado importante la Síndone, sobre todo los dos últimos, Juan Pablo II y Benedicto XVI.

La fe cristiana —es evidente, pero es bueno repetirlo— no se funda ni se fundará nunca en la Sábana Santa. Muchas veces me han preguntado, sobre todo periodistas del mundo anglosajón: «Si mañana se demostrara que la Síndone es una falsificación medieval, ¿qué pasaría con su fe?». Eso me hace a reír, porque piensan que pueda pasarle algo a mi fe. No le pasaría absolutamente nada, porque el Santo Sudario no es el fundamento de mi fe. La Síndone es un objeto interesante que me ayuda a comprender lo que está en la base de mi fe, pero los fundamentos de mi fe van mucho más allá de la Sábana Santa.

Finalmente, ¿cuál es su experiencia en todos estos años que tiene un contacto tan cercano con la Sábana Santa?

Es una experiencia muy hermosa. Agradezco a Dios el que me haya permitido conocer la Síndone y entrar en su mundo. No era indispensable para mí. Yo era creyente también antes de conocer la Sábana Santa, pero sin duda el conocimiento del Manto de Turín ha dejado una huella honda en mí y en mi vida de cristiano, como también en mi vida de científico. Las dos cosas van en paralelo, no me gusta distinguirlas, porque correría el riesgo de que otros piensen lo que muchos —y que en mi opinión está equivocado—, es decir que ciencia y fe no pueden vivir juntas, caminar juntas. Al contrario, las veo como dos aspectos absolutamente compatibles —y es más, complementarios— de la misma realidad, que por lo demás no está hecha sólo de materia.

Cada vez que tengo oportunidad de ver la Sábana Santa, de tocarla —como me ha sucedido en muchas ocasiones—, me parece siempre la primera vez. En algún momento he tenido el temor de que se vuelva una rutina, algo habitual. Con la Sábana Santa no hay cómo. Creo que más fácil es que la oración se vuelva rutinaria. La Síndone transmite cada vez un mensaje distinto, y toca en lo profundo, emociona, ya sea porque es una imagen que cada vez que la miras parece decir siempre algo nuevo, ya sea porque de ella emana una presencia —y no es una frase hecha, sino una realidad— que no deja indiferente y que penetra en lo profundo.

A propósito de esa presencia me gusta recordar cómo en las últimas ostensiones han sido numerosos los ciegos que han ido a Turín para ver la Síndone, es decir para ver una imagen que no pueden ver. Cuando voy a hablarles de la Sábana Santa a chicos de colegio, con frecuencia les hago esta pregunta: «En su opinión, ¿tiene sentido que un ciego vaya a Turín, que haga un largo viaje para pasar algunos minutos frente a una imagen que no puede ver?». En 1998 fue una de las primeras ocasiones que realizamos un bajorrelieve de metal tridimensional, justamente antes de la entrada en la Catedral, para ayudar a los ciegos a que se dieran cuenta de lo que hay en la Síndone. Entonces algunos periodistas, interesados, iban a entrevistarlos a la salida, y la mayoría de ellos contestaba: «Pero si son ustedes los que creen que no hemos visto nada, ustedes que sí ven». Evidentemente esta imagen transmite algo que va más allá de aquello que es la idea normal de una percepción humana, y en los ciegos esto es más evidente. En las personas como nosotros, que vemos, la cosa será menos evidente, pero no menos real.

Muchas veces me han preguntado: «¿La Sábana Santa hace milagros?». Yo contesto que si hablamos de milagros oficiales, no, nunca ha habido una declaración o acontecimiento tal que se haya considerado un milagro como en Lourdes, por ejemplo, o en otros lugares de fe. Pero estoy convencido de que ha hecho millones de milagros, de milagros espirituales, de aquellos que nadie nunca podrá probar, que sólo puede atestiguar la persona involucrada. Creo que la contemplación de la Sábana Santa no ha dejado indiferente a nadie. Y éste es, en mi opinión, justamente un signo de ese mensaje universal y profundo que hace que a cada ostensión asistan siempre millones de personas. ¿Para qué? No esperando un milagro o sanaciones, pues éste es quizá uno de los pocos objetos de fe que no es visto como algo que me puede ayudar de alguna manera física o material, lo que le da aún mayor valor. Las personas que van a ver la Síndone buscan, en cambio, ser ayudadas a meditar, a reflexionar, a entender, a profundizar, y en algunos casos —de repente muchos más de lo que creemos—, a cambiar la propia vida.