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Recorrido histórico de la Sábana Santa

Por Armando Nieto Vélez, S.J.

Los Evangelios mencionan expresamente la Sábana en que fue envuelto el cuerpo del Señor.

Mateo: «José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo colocó en el sepulcro suyo, nuevo, que había excavado en la roca» (Mt 27,59-60).

Marcos: «Informado por el centurión, concedió (Pilato) el cadáver a José. El cual compró una sábana, lo bajó, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro excavado en la roca» (Mc 15,45-46).

Lucas: «Fue (José) a Pilato y pidió el cuerpo de Jesús. Después de bajarlo lo envolvió en una sábana y lo puso en un sepulcro excavado en la roca» (Lc 23,32-33).

El vocablo que usan los tres evangelistas para designar la sábana es el griego síndon. En latín se emplea la misma palabra.

Juan: «Tomaron, pues (Nicodemo y José de Arimatea), el cuerpo de Jesús y lo envolvieron con lienzos junto con los perfumes, según es costumbre sepultar entre los judíos» (Jn 19,40). La palabra “lienzos” utilizada por San Juan es en griego othonía, un nombre genérico que incluye también la sábana. Entra Simón Pedro «y contempla los lienzos por el suelo, y además el sudario (=to sudarion)… no por el suelo con los lienzos, sino plegado en lugar aparte» (Jn 20,6-7).

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La larga historia de la Sábana Santa, desde la tarde del enterramiento del Señor hasta su actual ubicación en la catedral de Turín, no es una línea que podamos seguir ininterrumpidamente a través de los siglos. Ofrece más bien muchos tramos oscuros e inciertos, aunque también momentos de abundante luz y notables coincidencias, al punto que los científicos más exigentes afirman que las probabilidades a favor de que la Sábana de Turín sea la misma que envolvió a Jesús en su sepultura son entre 82’944,000 y 200,000’000,000 contra una. Para entender de modo gráfico lo descomunal de estas cifras, nos valemos de la comparación que aducen Stevenson y Habermas: ochenta y dos millones novecientos cuarenta y cuatro mil billetes de un dólar, puestos en fila uno junto al otro, se extenderían desde Nueva York a San Francisco más de tres veces. Supongamos que un solo billete tiene una señal distintiva y que se le concede a una persona con los ojos vendados una sola oportunidad de dar con el billete marcado: su probabilidad de acertar será de una contra 82’944,000. «Ésa es la probabilidad de que el hombre sepultado que fue envuelto en la Sábana para su sepultura fuera otro distinto de Jesucristo»[1].

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En el año 525 fue descubierto en la ciudad de Edesa (Urfa, en la actual Turquía), en un nicho practicado sobre la puerta de Occidente en la muralla exterior, un lienzo que fue conocido con el nombre griego de mandylion de Edesa, o imagen de Edesa, o simplemente “santo mandylion”. (Existe una notable semejanza entre el rostro que vemos en la Sábana Santa y las copias que nos han llegado del mandylion de Edesa, según afirma Gian Maria Zaccone).

El año 944, tres siglos después del fulgurante inicio de la expansión islámica decretada por el propio Mahoma en el Corán, el ejército cristiano bizantino entró en campaña contra los ocupantes árabes de Edesa (una antigua posesión imperial que los musulmanes habían convertido en un Sultanato). En un trato entre sitiadores y sitiados, el basileus Romano I Lecapeno libera a 200 prisioneros musulmanes, paga 12 mil denarios de plata y recibe la reliquia del mandylion.

El 15 de agosto de 944 el mandylion entra triunfalmente en Constantinopla, la capital de Bizancio. El referendario Gregorio (funcionario bizantino), en un discurso pronunciado al día siguiente, dice que ha visto no sólo la sangre del rostro, sino también la sangre del costado de Jesús. De tal manera que el historiador británico Ian Wilson llega a la conclusión de que se trata de la misma Sábana Santa; sólo que el mandylion era el mismo lienzo plegado en tal forma que mostraba solamente el Rostro del Señor. Los autores que escriben sobre el tema (Ballosino, Solé, Petrosillo y Rafael Estartús) coinciden en la impresionante semejanza entre las imágenes tanto orientales como occidentales inspiradas en el lienzo de Edesa, y la Sábana Santa.

Pasa el tiempo. En el año 1204 acontece un hecho penoso en la historia del cristianismo. Se trata de la cuarta Cruzada, organizada en Europa contra los musulmanes poseedores de Tierra Santa. Por rivalidades y rencores increíbles entre católicos romanos y cristianos bizantinos (que desde 1054 se habían distanciado por el llamado Cisma de Oriente), los jefes cruzados resuelven —contra la voluntad del Papa Inocencio III— dirigirse, no contra los musulmanes, sino contra Constantinopla, la capital del Oriente cristiano. En la semana de Pascua de Resurrección los cruzados, luego de desembarcar de las naves venecianas, atacaron violentamente la ciudad y saquearon sin piedad palacios, iglesias y casas particulares. De más está decir que este atropello incalificable dificultó irremediablemente los esfuerzos de unión ecuménica, al punto que de allí salió el dicho de los bizantinos: “antes el turbante que la tiara”.

Luego del saqueo de Constantinopla se pierde por largo tiempo todo rastro de la Sábana Santa.

Existen varias teorías sobre lo que sucedió entre 1204 y 1353. Una de ellas afirma que un caballero templario, Godofredo de Charny, en guerra contra los infieles, había ganado el trofeo de la Sábana Santa, y que antes de morir —en Francia— había dispuesto levantar en la población de Lirey una capilla bajo la advocación de la Anunciación de María. «Parece ser que el hijo de Godofredo cedió a los canónigos de Lirey la custodia de la Sagrada Reliquia, ya que en 1356 se inician las ostensiones o “muestras” públicas de la Sábana»[2].

Sobrevinieron luego lamentables contradicciones. El obispo de la región, Henri de Poitiers, prohíbe las ostensiones como supersticiosas; y queda oculta la Sábana. Su sucesor en el episcopado, Pierre d’Arcis, confirma el veto, y aun llega a amenazar con la excomunión. El 4 de agosto de 1389 Carlos VI de Francia ordena al juez requisar la reliquia, pero ya ésta había sido nuevamente ocultada. El antipapa de Aviñón (que lo era entonces Clemente VII) ordena que se advierta a los fieles que no se trataba del verdadero lienzo mortuorio de Jesucristo.

Parece también que durante mucho tiempo los descendientes de Godofredo de Charny y los canónigos de Lirey conservaron sigilosamente la reliquia. Se suscita después un contencioso entre los familiares de Charny y los canónigos de Lirey. Margarita, hija de Godofredo II de Charny, inicia una serie de gestiones buscando ayuda, hasta que el 22 de marzo de 1452 se firma en Ginebra un contrato entre el duque Luis I de Saboya y Margarita. El 7 de octubre de 1460 muere esta noble mujer. Los canónigos recurren ante el duque de Saboya, pero no consiguen la devolución de la reliquia.

Así pues —y ésta es la penúltima parte de esta accidentada historia— la Sábana Santa va a quedar en poder de los Saboya, familia que tiene una gran importancia en la realeza europea. Baste decir que de la dinastía de los Saboya han salido varios reyes de Italia: sobre todo Víctor Manuel II, en torno al cual se logra la unificación de Italia en 1870; Humberto I, rey en 1878 y asesinado en 1900; Víctor Manuel III, monarca desde 1900 y durante la Segunda Guerra Mundial, el cual abdica luego de la derrota de su país, en 1946; y Humberto II, rey de Italia por un mes en mayo de 1946, fallecido hace 22 años (en 1983) y que por testamento entregó la Sábana Santa a la Iglesia. Otro Saboya, Amadeo I, llegó a ser rey de España, pero sólo por dos años, hasta que advino la primera República (1873).

La familia Saboya buscó un lugar seguro para la Sábana Santa, ya que Lirey no lo era. Se escogió la capilla ducal de Saboya en el castillo de Chambéry, capital de la región. Allí fue depositada la Sagrada Reliquia el 11 de junio de 1502. Una bula del Papa Julio II da el título de «Santa Capellanía del Santo Sudario» a la mencionada capilla e instituye la fiesta de la Sábana Santa el 4 de mayo, con oficio y Misa propios.

Dentro de esta breve reseña histórica conviene referirse a infaustos percances que hubiesen podido afectar seriamente la Sábana Santa. En la noche del 3 al 4 de diciembre de 1532 se produjo un incendio en la sacristía de la Santa Capilla. Gracias a Dios, la Sábana no se destruyó por estar guardada en una urna de plata, pero sí sufrió chamuscaduras por el metal fundido a altísimas temperaturas, que se derramó sobre parte de la tela. El 15 de abril de 1534 la Sábana fue trasladada al convento de las religiosas clarisas para que éstas pudiesen remendar con todo cuidado los 16 orificios causados por el incendio.

En 1535, a causa de la guerra entre el rey de Francia, Francisco I, y el emperador Carlos V, el duque Carlos III huye de Chambéry llevándose consigo la reliquia, la cual es devuelta años después, en 1561, a su capilla.

El 14 de setiembre de 1578 el duque Manuel Filiberto de Saboya decide trasladar la Sábana Santa a la ciudad de Turín, en el norte de Italia, por dos razones: para que San Carlos Borromeo, Cardenal y obispo de Milán, pudiese venerarla; y para protegerla de una posible agresión por parte de los hugonotes o calvinistas franceses.

El duque dispone en su testamento que con el dinero destinado a su sepultura se construya una capilla especial para albergar la reliquia. Pasan muchos años, hasta que el renombrado arquitecto Guarino Guarini se hace cargo de la edificación del lugar sagrado y concluye su tarea —artísticamente eximia— el 1° de junio de 1694.

El 25 de mayo 1898, con ocasión de una ostensión de la Sábana Santa en Turín, el abogado-fotógrafo Secondo Pia, con autorización de la Casa de Saboya, toma las primeras impresiones fotográficas de la Sábana. Así se inician las investigaciones y análisis científicos que se están recordando en este Congreso.

No terminan ahí los traslados y desventuras de la Sábana Santa. Como Italia participó al lado de Alemania en la Segunda Guerra Mundial, ante la eventualidad de un ataque aéreo de los aliados a la capital de Piamonte, fue trasportada secretamente al santuario de Monte Vergine en Avellino, una célebre abadía benedictina, cerca de Nápoles. Terminada la guerra, regresó a Turín.

El 12 de abril de 1997 una noticia sensacional llenó las primeras páginas de los diarios: un voraz incendio destruye la capilla del Santo Sudario. Pocas horas después de declarado el fuego un grupo de bomberos logró entrar en la capilla y sacar el relicario de plata. Uno de los bomberos, Mario Trematore —según la agencia EFE— tuvo que romper con un fierro la cuádruple barrera de cristales antibalas que protegía el relicario de plata, y lo sacó a la calle. Cuando las gentes que se agolpaban delante del Duomo vieron la Sábana Santa, comenzaron a aplaudir y a llorar de alegría. Al bombero sólo le dio tiempo para decir: «Dios me ha dado la fuerza para romper esos cristales». Después tuvo que ser atendido por los médicos. La reliquia fue conducida a la residencia del Cardenal Giovanni Saldarini, arzobispo de Turín, a quien Humberto de Saboya le entregó la reliquia en 1983.

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Los hechos relatados, que se refieren a épocas tan distintas, desde la redacción de los Evangelios hasta el incendio de la capilla Guarini de Turín, no hacen sino confirmarnos en la admirable convergencia (más que simple coincidencia) que nos hace decir que la Sábana Santa es realmente la que envolvió el cuerpo de Jesucristo muerto.

 

 


Notas

[1] Kenneth E. Stevenson y Gary R. Habermas, Dictamen sobre la Sábana de Cristo, Planeta, Barcelona 1982, p. 154.

[2] Ver Modesto Hernández Villaescusa, La Sábana Santa de Turín. Estudio científico-histórico-crítico, Henrich y Cía., Barcelona 1903, pp. 116-117.